Hace unos años cogía el autobús para ir a trabajar y me preguntaba tras mi cristal si no era un pez en una pecera en mitad de una ciudad vasta y gris, un decorado artificial de sonrisas Profident. Los peces de ciudad no somos auténticos, pero los peces de verdad sí lo son. Por eso se escurren entre las manos, por eso cuando los abres muestran lo que realmente son, carne, sangre y huesos, bueno, espinas.
Así que cuando limpio pescado veo autenticidad pero también veo sacrificio. Ya que ha muerto, haré que su muerte no haya sido en vano. No habrá padres peces que digan eso de "un padre nunca debería enterrar a su hijo", ni nietos que lloren la muerte por captura de red del abuelo-pez de la familia, pero habrá una humana que limpiará ese pescado con cariño y recordará su sacrificio. Y encontrará su lugar en el ciclo de la vida.
Al final de la historia, seguimos siendo depredadores. Los más patéticos del sistema, porque no tenemos garras, ni picos, ni somos rápidos, ni silenciosos, ni ágiles. Pero depredadores al fin y al cabo. Nuestros cuerpos no se han hecho para comer plástico, que es lo que hoy en día comemos mayormente. Quizá esto explique por qué tras tantos años me he reconciliado con la comida, porque por una vez veo lo que me como, entiendo lo que supone para esa criatura o vegetal, y acepto su sacrificio como una forma de honrarla y honrarme.
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