jueves, 21 de junio de 2018

Llorar

Llorar porque no te diste la oportunidad de llorar hace mucho. Dejar que las lágrimas fluyan. 

Siempre lloro cuando ha pasado la tempestad, cuando las cosas ya se han arreglado, cuando no hay motivo para llorar, en apariencia. Siempre lloro cuando se acaba la guerra, cuando me siento en el sofá, cuando casi he conseguido lo que quería.

Es entonces cuando estalla todo, cuando caen las lágrimas y se precipitan los sentimientos.

Sienta tan bien llorar, especialmente cuando llevas tantos, tantos años aguantándote las lágrimas...

martes, 19 de junio de 2018

Miedo al cambio

36 años y, por primera vez, creo que tengo miedo al cambio. Es tan inaudito que casi no me lo creo. Ni siquiera puedo identificar el sentimiento con claridad.

Lo peor es que, si fuera miedo al cambio, es una tontería. Voy a mudarme de piso a un sitio más cómodo. Más lejos del trabajo, es cierto, pero infinitamente mejor. Una parte de mí ya estaría metiendo todo en cajas y corriendo hacia el camión de mudanzas, de hecho, en un Universo paralelo hay otra Yo metiendo todas mis pertenencias en cajas porque amo los cambios...

Pero otra se resiste. No sé si es miedo al cambio o pura vagancia.

sábado, 12 de mayo de 2018

Huellas

No creo que el ser humano sea un folio en blanco cuando nace y nunca lo he creído. Creo que todos venimos con una base genética, que más o menos orienta aquello que después seremos. Pero también hay una huella, muy muy grande, que es lo que deja la educación que hemos recibido. Si nuestra madre o nuestro padre nos quisieron y nos lo demostraron, si tuvimos o no tuvimos hermanos, si experimentamos carencias económicas o materiales de alguna clase... todo eso va a influir muchísimo en quiénes seremos más adelante.

No lo digo yo y desde luego no estoy descubriendo nada que no se haya descubierto ya, sino que todo esto lo utilizo como idea de partida. En mi caso, estoy descubriendo, en lo que ya oficialmente podría considerarse como mi mediana edad, que mucho de lo que soy aparentemente, de lo que manifiesto socialmente, ha sido aprendido.  Creo, como los mitos, los psicoanalistas, Jung y un montón de gente más han manifestado en multitud de ocasiones, que hay dos yoes: mi Yo externo, aquel que exhibo en mi vida diaria y desde el cual actúo, y mi Yo interno, aquel que estoy reprimiendo porque lo llevo "de serie" pero me han dicho que está mal visto que pilote este cuerpo.

¿Cuál es cada uno en mi vida y dónde veo esas diferencias? Mi Yo interno es muy aventurero, por ejemplo, y tiene una gran necesidad de exploración. En cambio, mi Yo social es casero, maternal y algo miedoso. Esta división se ha manifestado, creo, principalmente debido a mi rol de género, impuesto por la sociedad, la educación que me han dado y un largo etcétera. Si fuera hombre, estaría muy bien visto que fuera explorador y aventurero, que no tuviera raíces, que no tuviera miedo de nada... en cambio, he tenido que acabar aprendiendo que esas características no son lo que se busca de una mujer, como yo.

¿Qué pasa cuando te das cuenta de que tu afán de perfección, tu necesidad de controlar tu entorno, tu forma de ver las cosas, son resultado de tu ambiente social y familiar, algo que no se da desde que tenías cinco años? ¿Qué pasa cuando quieres deshacerte de eso, para estar mejor contigo mismo, y te das cuenta de que no sabes cómo, porque el aprendizaje ha calado tan hondo que no puedes por ti mismo?

Supongo que entonces vas a terapia.

viernes, 16 de febrero de 2018

Ese que no se olvida

Contigo descubrí muchas cosas, me descubrí a mí misma, descubrí lo que es sentirse deseada, lo que es amar y ser correspondida. El primer amor, ése que no se olvida, a mí me pilló algo mayor, y a ti, también. Recuerdo nuestro primer beso, que fue tan mágico que no he vuelto a vivir ninguno igual. Y con los años, veinte han pasado ya (¡qué barbaridad!) pienso que fue el beso más bonito, romántico y tonto (adorablemente tonto) que me han dado en mi vida. Todavía tengo vivo el recuerdo de tu boca en la mía, el grosor de tus labios, la dulzura con la que descubrí ese tacto. No he vuelto a sentirme tan cómoda con alguien, aunque no tuviera nada de ropa y fuera la primera vez que me desnudara contigo, y no he vuelto a sentirme tan guapa como me hacías sentir tú. No he vuelto a estar con nadie tan romántico, ni que dijera piropos tan bonitos, ni que fuera tan cortés, ni tan amable, ni tan educado, ni tan... todo.

Hubo también momentos feos. El final fue feo. Yo quería libertad, experimentar, tú querías algo serio, compromiso, una relación en condiciones. Yo era una cría y tú habías estado creciendo. Lo nuestro se me antojó imposible. La distancia, que se había roto gracias a los besos virtuales, se convirtió cada vez más en un charco imposible de saltar. No te lo negaré: nadie me ayudó y me sentí sola, sola y desamparada, en un quiero y no puedo. Y me abandoné a otras personas, que no pudieron llenar el vacío, que no daban besos igual ni eran iguales a ti, porque no podía haber otro tú. Mucho tiempo después, por fin superé que lo nuestro era imposible y asumí lo que había decidido. Tú seguiste, querías recuperarme, asumiste tu responsabilidad porque habías madurado y lo tenías muy claro, pero yo había tomado una decisión y por obra y gracia del orgullo decidí darte la espalda de una vez por todas. Quemé mis naves. Te dije que no quería nada, que fuésemos solo amigos. Tú pensaste que era porque había encontrado a alguien mejor. Yo me mordí la lengua.

Pasaron los años, seguimos siendo amigos. Seguiste en mi cabeza. ¿Cómo estará, cómo le irá? Y miraba, observaba, con cariño, con nostalgia y crecientes canas. Hice mi vida, me recuperé de aquel amor imposible. Me casé, tuve hijos. Seguiste presente, en mi vida, en mi corazón, de alguna manera. La vida habría sido muy diferente si hubiera escuchado a mi corazón aquella Navidad, cuando sólo contaba con diecinueve primaveras, y hubiese cogido un avión sólo de ida, pero tampoco puedo pensar en que tomara la decisión equivocada, porque gracias a todo eso hoy soy quien soy. Pero me gusta pensar que, en otro Universo, en otra vida, seguimos juntos, lo conseguimos, y nos va bien. Veinte años después.

martes, 13 de febrero de 2018

Primero yo

Es una etapa tardía, puede ser, para darme cuenta de que no me he amado en mi puñetera vida. Por otro lado, la nunca es tarde si la dicha es buena.

Recuperarse a uno mismo no es fácil cuando hay tanta interferencia. A veces uno se pregunta, ¿qué soy? ¿Quién soy? ¿Cómo he llegado a esta situación? ¿Por qué los demás ven en mí cosas que yo no soy capaz de ver en el día a día, y sí en el long-run?

Y aquí ando, rediseñando mi mapa de carreteras personal.

domingo, 3 de diciembre de 2017

Amor del bueno, amor de verdad

Un día, estaba leyendo una entrada en un blog de música sobre la vida de la cantante Pink. Me gusta Pink porque es muy honesta. Escribe sus propias canciones y escribe, sobre todo, sobre su vida. El artículo hablaba sobre su ruptura con su marido, Carey Mulligan, con el que estuvo on y off durante un montón de tiempo, y su canción "So What", que escribió durante el corto tiempo en el que estuvo soltera. Y me recordó a nosotros, cuando aquel día te mandé a freír espárragos y tomé nuestra casa como si fuera una trinchera. Al día siguiente lo arreglamos con diálogo y con sexo del bueno, aunque seguía estando muy cabreada. Extremos que parecen irreconciliables y que a veces se dan en mi cerebro.

Tiempo después, Pink escribió "True Love", una canción que habla sobre lo que para ella es el amor de verdad. Suscribo el 100% de sus palabras. Es un sentimiento tan fuerte, tan extremo, que a pesar de que a veces me saques de quicio, te quiero con locura.


sábado, 2 de diciembre de 2017

Te amaba, te amé

Te amaba, joder. Te amaba tanto que quise estar contigo por el resto de mi vida, quise casarme contigo, ser la madre de tus hijos y hasta empeñarme viva si hubiera hecho falta, con tal de tenerte contento.

Y un buen día, con letras azules de chat, el cuento acabó. Así, sin más. Ya no hubo más tequieros, ni más noches de pizza, ni más cine independiente en mi casa, ni más noches en teterías viendo teatro experimental, ni blablablá muchas cosas intelectualoides que hacíamos y que me encantaban.

Me llamaste mil cosas, reprochándome un comportamiento que a todas luces se volvió errático a causa del desengaño. La verdad es que había dejado de comer, de dormir, de reír, de vivir, por favor, ¿cómo no iba a estar loca de remate si la privación de sueño te vuelve majara? Me forcé entonces a iniciar otra relación para demostrar que me importabas un bledo, y me puse a mostrar dientes cual Pantoja por Marbella, que entonces estaba de moda. Pero todavía me temblaron las piernas al verte por la calle durante mucho, mucho tiempo.

Y un buen día, todo eso se fue.

Empecé a caer en la cuenta de que no eras más que una persona normal, que no eras tan maravilloso, y que muy probablemente me habría acabado quemando en una relación como la nuestra, en la que a ti te sacaba de quicio mi misticismo, y a mí que tú no supieras poner una lavadora. Así que, tenías razón, aunque te comportaras como un bastardo en su día.

Han pasado quince años. He vuelto a la ciudad en la que tantas cosas viví contigo aquel año en el que fuimos novios y, si ahora te viera pasar, probablemente te sonreiría, te pararía, te preguntaría qué tal te va y me alegraría genuinamente de verte feliz si fuera el caso. No albergo ni un resquicio de dolor ni de rencor, menos mal. Sencillamente, se sanó. Pero no lo sanaste tú, lo sané yo, y bien que me costó. Tampoco diré aquello de "albergo gratitud porque aprendí mucho después de nuestra ruptura", porque eso no te lo agradezco, aunque queda muy bien lo de agradecer lo malo en los libros de autoayuda. Digamos que, a pesar del tiempo y de que ya no te ame, me sigues hasta cayendo bien.

No te imaginas la que lié para demostrarme a mí misma que podía volver a amar y que podía volver a sentirme amada. ¡La cantidad de tonterías que he hecho! Muchas de ellas en pleno estado de mis facultades, lo cual es aún más embarazoso. Pero bueno, ésa es otra historia. Lo único que quería decirte es que te deseo mucha felicidad, porque yo parece que le voy pillando el tranquillo a serlo y me gusta, es guay, está bien, todo el mundo lo merece. Así que, decírtelo así (aunque nunca lo vayas a leer) es devolverle a alguien a quien quise parte de lo que compartimos, porque sí, durante un tiempo me hiciste feliz y eso, amigo, sí es algo para agradecer. Allá donde estés, te mando un abrazo y una gran sonrisa.