viernes, 4 de enero de 2019

Como un rayo

Era un ritual habitual: estar en la bañera, dejando que el agua cayera por mi pelo, se deslizara por mi cara, mojara mi cuerpo. Disfrutar del olor del jabón, de la sensación de limpieza, del calor del agua. No pensar en nada, solo estar en el momento, en el cuerpo, en el agua, con los ojos cerrados y la mente en blanco. Como una pequeña muerte con olor a fresas.

Lo que tiene vaciar tu mente cuando eres yo, es que a veces vienen otros entes a poblarla porque ven espacio de sobra para habitarla. Entonces, me golpeó, como un rayo. Chocó contra mi frente tan fuerte que, si hubiese sido Zeus, de aquel golpe habría salido Atenea, completamente armada para la batalla. 

¿Qué puedo hacer en ese caso? Pues entregarme, dejarme llevar y esperar a que la historia se escriba sola.

Trampantojos sonoros


miércoles, 26 de diciembre de 2018

La crisis de la mediana edad

Y vino, la muy hija de... su madre. A cuestionar cada una de las decisiones que tomé, a repasar cada fallo, a hacerme cargar con los esqueletos de dentro del armario.

Así que, qué remedio, me hice con una buena pala para volver a enterrar a mis cadáveres psicológicos, esperando a que hubiera muchos. En principio, debido a la cantidad de moho de los recuerdos, parecía que habría muertos desde la época romana, pero estaba equivocada. No había más que viejas cajas llenas de fotos y muchas, muchísimas decisiones acertadas.

Casi todas las decisiones malas se centraban en los últimos 8 ó 9 años, porque nadie es perfecto. Pero no puedo arrepentirme de lo hecho: en ese momento eran las mejores decisiones que podía tomar.

Al principio, volver la vista atrás era como entrar en una montaña rusa de culpabilidad. Con el paso de los meses, hacerlo resulta sanador. Hay muchas decisiones bien hechas, que simplemente pesaron con el tiempo porque el coste de oportunidad es algo que no se puede controlar. Pero no puedo negar que muchas de las decisiones que tomé fueron basadas en el respeto propio, en el establecimiento de límites. Esa Yo más joven era una chica lista, aunque se moviera por instinto.

Por lo único que siento un poco de tristeza es por no poder volver atrás y decirle lo orgullosa que estoy de ella.


domingo, 18 de noviembre de 2018

Sigue soñando

Cuando era pequeña pensaba que tenía la capacidad de hacer que mis sueños se volvieran realidad. Y cuando quería algo, por grande que fuese, soñaba despierta con ello con mucha, mucha fuerza.

Ahora soy mayor y, a ratos, pienso que he perdido la capacidad de soñar. Pero entonces miro hacia atrás y recuerdo a aquella niña que soñaba despierta, y todo lo que consiguió a lo largo de estos años. Sólo veo una constante: las horas dedicadas a imaginar, a visualizar, a soñar despierta en aquello que deseaba. Hay quien llama a eso magia, hay quien lo llama visualización creativa. Yo lo llamo no vivir con los pies en el suelo, seguir soñando, imaginar cómo sería para que, cuando llegue el momento, esté preparada para tomar esa oportunidad que tanto tiempo he invertido en concebir.


miércoles, 26 de septiembre de 2018

La vida sigue ¿igual?

Me asombra la gente que dice que su vida sigue igual que hace quince años. Que tiene un coche, una casa, que vive donde vivía hace todo ese tiempo. Que tiene a sus padres vivos y sale con los mismos amigos. Que trabaja en el mismo sitio donde trabajaba.

Me parece asombroso porque mi vida ha cambiado tanto en un año que no concibo que haya gente que viva siempre igual. Y si lo miro en más retrospectiva, mi vida no es para nada la misma que hace dos, o tres, o cuatro y, desde luego, no se parece en nada a la vida que tenía hace cinco años.

Supongo que es el sino de los tiempos.

lunes, 30 de julio de 2018

Lo que nadie nos contó de Cenicienta

Lo que nadie nos contó del cuento de Cenicienta es que no era princesa. Era una huérfana, que trabajaba como sirvienta a cambio de un techo y comida. Que había estado bien relacionada, porque un hada madrina no la tiene cualquiera, eso es indudable.

Nadie nos contó que el príncipe estaba activa y desesperadamente buscando pareja, siendo el baile de la corte el equivalente al Tinder de ahora. Es decir, que el príncipe necesitaba por todos los medios una pareja, igual que Cenicienta estaba buscando un matrimonio para dejar de ser huérfana y sirvienta.

Nadie nos contó, o más bien nadie nos aclaró, que una Cenicienta maltratada por su madrastra, o que un príncipe al que se ponía mucha presión por encontrar pareja por parte de sus padres, era una persona en una situación de vulnerabilidad emocional.

Cenicienta y el príncipe se enamoran. Él, porque ella es muy bella y tiene los pies pequeños (supongo que eso debió darle mucho morbo). Ella, porque el príncipe es un príncipe y la va a salvar de su miseria, y así podrá demostrar a sus hermanastras y a su madrastra lo guay que es, y ahora tendrán que ir a palacio a dorarle la píldora.

Se casaron y comieron perdices, pero nadie nos dice qué pasa con ese matrimonio. Una muchacha huérfana que tiene que ser adoptada por la familia real, con su protocolo familiar y social. Las largas horas estudiando cómo comportarse, a quién ceder el paso, y cómo abandonar a los hijos para que los consuelen y alimenten amas de cría, porque es de la realeza abandonar la lactancia prematuramente para poder, así, dar a luz a más hijos que perpetúen la línea sucesoria.

Un muchacho con la presión de ser padre de familia y tener contentos, ya no a sí mismo, ni a sus padres, ¡a todo un Reino! ¡Pero si eso es imposible! Pues así es, señores, y para presumir hay que sufrir que me decía mi madre cuando me ponía el moño para ir a la feria. Igualito.

Vistos así Cenicienta y su príncipe, ¿quién quiere un final de cuento de hadas?

Yo propongo un juego: contemos otros cuentos, otras historias. Démosles la vuelta a los mitos y a los cuentos con los que perpetuamos la sociedad y sus esquemas. Seamos ilusamente realistas, o fantasiosamente empáticos, con los personajes de los cuentos de toda la vida, porque son las narraciones sobre las que hemos ido construyendo nuestra identidad, valores y creencias.

¿Te atreves?

domingo, 29 de julio de 2018

No me acostumbro

Aún no me acostumbro a tener razón de cuando en cuando. Incluso cuando yo veía lo que los demás no veían: la hipocresía, las ganas de malmeter, la doble moral. Aunque yo supiera que algo no estaba bien e intentara, torpemente, hacerlo saber a mi entorno.

No me acostumbré jamás a que no me hubiese superado. Es más, pensaba que estaba superado desde el minuto uno. Que yo era la que estaba mal, la que se encerraba, la que no quería saber nada del mundo, porque yo no tenía esa chispa. Porque no era capaz de arrastrar a la gente. Porque yo nunca fui la carismática del tándem. No me acostumbro a que me digan "es que él no te ha superado, nunca lo hizo".

Y de pronto, tengo que acostumbrarme a que me acepten y me valoren. A que me digan "tenías razón", a que me den una palmadita en la espalda. A los abrazos, a los besos, a los tequieros, a los "quedemos mañana".

No puedo evitar sentir cierta suspicacia hacia tanto amor gratuito, pero supongo que tendré que acostumbrarme a que me quieran un poco. Tendré que acostumbrarme a quererme un poco. Aunque esto de no acostumbrarme asuste, por si al final voy y me acostumbro.