miércoles, 13 de agosto de 2014

Tirarse al vacío

Está por todas partes, en todas las personas, en todas las situaciones. Tu amigo el miedo, mi amigo el miedo, su amigo el miedo, nuestro viejo amigo, el miedo. 

Estoy cansada de que asome su fea nariz, cansada de que cuando menos me lo espere vuelva a dar la murga con sus sermones, sus "no se puede", sus "es imposible". Hace ya tiempo que me di cuenta de que nosotros decidimos qué es posible y qué es imposible. Hace ya tiempo que animé a otros a tirarse al vacío y para dar ejemplo decidí tirarme yo misma al vacío. Intento hacerlo cada cierto tiempo, lo prometo, aunque es difícil dejar a mi viejo amigo el miedo en tierra y lanzarme a por mis sueños, por muy locos o imposibles que parezcan.

Quizá es cosa de la tierra, de la cultura que me inculcaron. Hace mucho, muchísimo tiempo, se dijo de la catedral de mi Sevilla natal eso de "Hagamos una iglesia tan grande que quienes la vieren acabada nos tomaran por locos". Quiero que me tomen por loca cada vez que me tire al vacío con alguna de mis ideas. Porque sé que lo peor que me puede pasar es que fracase. Pero lo mejor, oh, lo mejor siempre está por llegar, y a veces, de hecho muchas veces, lo mejor es el regalo que te espera cuando te lanzas al vacío, persiguiendo un sueño.

sábado, 9 de agosto de 2014

¿Qué decir?

Me pregunto qué decir ante la incesante necesidad de decir monerías ante los amigos de mamá, de papá, de la vecina del quinto y hasta del gato. Por qué no puede un niño tan sólo ser introvertido y presentarse con una mirada. Por qué tenemos que dar besos, ser tocados, preguntados y hasta juzgados como "poco graciosos" si no contestamos algo divertido.

¿Qué decir ante esa clase de extrovertido que llega ante tu burbuja y la hace explotar en mil pedazos? Los que hablan y hablan y no saben disfrutar del silencio. Inmersos en sus propios temas de conversación, empeñados en compartir cosas que están fuera de sus mentes en lugar de dentro de ellas. Esos monólogos que no aportan nada porque no nacen de una reflexión profunda de esas cosas que están fuera, sino que son un pavonear de conocimientos vacíos. Y externos.

Normalmente saludo y escucho estoicamente hasta que se me hinchan las pelotas y cambio disimuladamente de tema para no decir eso de "la verdad, me importa un culo lo que me estás contando". Así que sonrío y cambio de tema, a veces con más arte, otras con menos. También me mantengo locuaz, o lo intento (a algunos, el uso de la función fática con un "aham" cada cierto tiempo les da una cierta sensación de que están siendo escuchados, mientras tu introvertida mente viaja a lugares más felices). Así lo aprendí cuando era una pequeña introvertida y me obligaban a besar a la gente, a saludar y a recibir molestos pellizcos en el cuello.

Así que me enseñaron a disimular mi introversión con una fingida extroversión, porque la extroversión está de moda. Los espacios abiertos en los lugares de trabajo, por ejemplo, son un clarísimo ejemplo de ello. Para los extrovertidos es la bomba, para los introvertidos es la peste bubónica del pensamiento creativo. Pero ellos sabrán. El mundo necesita a los introvertidos también, aunque algunos hayamos aprendido a camuflarnos como los camaleones.


Procrastinación

Hay quien procrastina con videojuegos, con hobbies o con profesiones.

Hay quien procrastina con relaciones. Eso hoy día se llama monogamia seriada.

Y yo me pregunto, ¿desde cuándo opté por la monogamia dura, de la vieja escuela, yo que vagué de cama en cama?

Parece que no soy la única en preguntárselo, a juzgar por esta canción.


jueves, 7 de agosto de 2014

Lo que de verdad importa

Y en cuestión de tres minutos, todo cambia.

Ser perfecta no es una prioridad. Tampoco conseguir metas. Tampoco si esto engorda o no engorda.

Y descubres lo que de verdad importa.

miércoles, 6 de agosto de 2014

Peces pescados

Encuentro relajante limpiar pescado. Esa tarea que mi abuela hacía día tras día, empeñada en que comiéramos bien. Pasé mucho tiempo sin comer pescado fresco en casa cuando me independicé, con 25 años, y hace unos años que volví al pescado de pescadería de toda la vida, no a la bazofia que te venden congelada. Yo no sabía limpiar pescado pero Youtube todo lo puede y todo lo enseña, así que tras verme dos o tres vídeos ejecuté mi primer intento. Con una dorada, para que viera bien todas las tripas. No fue muy agradable la primera vez y el pescado se me escurría, pero poco a poco, como buena aprendiz de sushi, me vinieron a la memoria esos mediodías de preparar la comida, observando a mi abuela pacientemente limpiar todo el pescado. No la entendía entonces porque nuestros mayores son siempre los grandes incomprendidos, pero la entiendo ahora.

Hace unos años cogía el autobús para ir a trabajar y me preguntaba tras mi cristal si no era un pez en una pecera en mitad de una ciudad vasta y gris, un decorado artificial de sonrisas Profident. Los peces de ciudad no somos auténticos, pero los peces de verdad sí lo son. Por eso se escurren entre las manos, por eso cuando los abres muestran lo que realmente son, carne, sangre y huesos, bueno, espinas.

Así que cuando limpio pescado veo autenticidad pero también veo sacrificio. Ya que ha muerto, haré que su muerte no haya sido en vano. No habrá padres peces que digan eso de "un padre nunca debería enterrar a su hijo", ni nietos que lloren la muerte por captura de red del abuelo-pez de la familia, pero habrá una humana que limpiará ese pescado con cariño y recordará su sacrificio. Y encontrará su lugar en el ciclo de la vida.

Al final de la historia, seguimos siendo depredadores. Los más patéticos del sistema, porque no tenemos garras, ni picos, ni somos rápidos, ni silenciosos, ni ágiles. Pero depredadores al fin y al cabo. Nuestros cuerpos no se han hecho para comer plástico, que es lo que hoy en día comemos mayormente. Quizá esto explique por qué tras tantos años me he reconciliado con la comida, porque por una vez veo lo que me como, entiendo lo que supone para esa criatura o vegetal, y acepto su sacrificio como una forma de honrarla y honrarme. 

martes, 5 de agosto de 2014

Palabras

De qué sirven las palabras, de qué sirven las promesas, los adioses, los holas, las necedades que nos decimos.

Si lo más importante es lo que no se dice.


Sé que dices que no debería quererte,
ni tampoco decírtelo.
Pero si no lo dijera, aun así lo sentiría,
¿qué sentido tiene?

Te prometo que no estoy intentando hacer tu vida más difícil,
o volver al punto en el que estábamos.

Me hundiré con este barco,
no levantaré las manos para rendirme,
no habrá bandera blanca sobre mi puerta,
estoy enamorada y siempre lo estaré.

Sé que a mi paso dejé demasiado caos y
destrucción para poder volver.
Y que no he causado más que problemas,
entiendo que no quieras hablarme más.
Y si vives por la regla del "se acabó",
estoy segura de que tiene todo el sentido.

Me hundiré con este barco,
no levantaré las manos para rendirme,
no habrá bandera blanca sobre mi puerta,
estoy enamorada y siempre lo estaré.

Y cuando nos encontremos,
que estoy segura de que lo haremos,
todo lo que hubo
seguirá estando ahí.
Yo lo dejaré pasar y me morderé la lengua,
y tú pensarás que lo he superado.

Me hundiré con este barco,
no levantaré las manos para rendirme,
no habrá bandera blanca sobre mi puerta,
estoy enamorada y siempre lo estaré.

sábado, 2 de agosto de 2014

Sólo un trozo

Hay un trozo de mí que escondo por si no te gustara. Me gusta pensar que es el lado oscuro, aunque de ese lado oscuro muchas veces viene una gran luz. Esa luz que te gusta tanto y que a veces siento que quieran robarme, tener por un instante para convertirse en mí, en la chica que convierte en oro todo lo que toca, aunque sólo sea un espejismo. Es un cuásar gigante, un tremendo agujero negro que dependiendo de cómo se vea puede iluminar el cielo entero mientras devora universos.

En tu pequeño balcón a las estrellas pides un trozo de ese cuásar. Y no entiendes que puede destruirte, que puede que no te guste que te absorba y te desgaste. Es por eso que me sitúo a años luz de ti, aunque me veas a simple vista. Lejanamente cercana, soy una presencia en mitad de tu cielo, al que alzas la vista. Y mientras tanto, pides un trozo de mí, un trozo de algo que no puedo darte. No puedo darte más que el espectáculo de devorar universos mientras hago saltar chispas de gases que friccionan y brillan. Te hago ver lo brillante para que no veas lo que hay dentro. Un monstruoso agujero negro al que sólo mantiene a raya la esperanza.