Si eliges biberón, la teta es lo mejor porque lo dice la OMS.
Si eliges teta, el bibe es lo mejor porque el bebé pide más y se queda con hambre.
Como todo está mal, como cualquier elección es negativa, hay que hacer lo que a uno le dé la gana.
sábado, 27 de junio de 2015
miércoles, 10 de junio de 2015
Con ganas de salir de la ciudad, del país, de lo que sea
Llega junio. Se acerca el verano, que deberían decir de nuestro lema. Verano terrorífico el nuestro, como siempre. Siempre digo que aquí abajo estamos hechos de otra pasta. Hay que tenerlos bien puestos para soportar esto.
Para colmo, las oportunidades no es que estén muy boyantes. Tengo suerte de poder permitirme el aparente capricho de haber tenido descendencia, pero muchos otros no pueden. Los políticos no hacen más que preguntarse por qué, pero no hace falta más que salir a la calle para verlo.
Me dan ganas de salir del país.
Para colmo, las oportunidades no es que estén muy boyantes. Tengo suerte de poder permitirme el aparente capricho de haber tenido descendencia, pero muchos otros no pueden. Los políticos no hacen más que preguntarse por qué, pero no hace falta más que salir a la calle para verlo.
Me dan ganas de salir del país.
martes, 9 de junio de 2015
Una tarde de primavera tardía
Hacía calor. Tomamos unas tapas en un bar cercano, donde ponen unos calamares fritos que para nada saben a freidora (todo un lujo) y esos bocadillos de lomo con alioli que tanto te gustan. La chica dormía en el capazo y, tranquilamente, nos fuimos a casa. Al llegar se despertó y le di el pecho, tú te echaste en la cama hasta quedarte dormido y yo, tras acabar la toma, me uní a ti en un abrazo caluroso y húmedo, de tarde de primavera tardía, de bochorno con olor a siesta.
Probablemente dentro de unos años no recuerdes esta escena, porque quede nublada entre recuerdos de otros momentos que llegarán y que, probablemente, te resulten más felices o más remarcables. Pero ahora mismo esa siesta, ese momento en el que te volviste y me diste un beso que fue como el del cuento de la bella durmiente, pues desperté del letargo de la cuarentena, está muy fresca en mi memoria. Ese beso fue como desperezarse cuando se ha dormido bien, incluyendo el mordisco que te di en el labio de abajo cuando ya te retirabas.
Me he quedado con el sabor de tu sudor en la boca, y me encanta.
miércoles, 20 de mayo de 2015
Maternidad diferida
Una es madre (o padre, pero hablo aquí de madres y maternidad porque soy mujer) de quien quiere y puede ser madre. Una abuela puede actuar como madre cuando una madre necesita un apoyo especial o cuando está tan presente en la vida del niño que prácticamente se le acepta como una segunda madre. En todo caso esa situación viene de forma natural, nunca es impuesta. Es algo que celebrar, una maternidad diferida en la que la madre tiene el apoyo de otra madre que, de otra manera, educa y cuida. Mi abuela fue así conmigo: me llevaba al médico, al colegio, charlaba conmigo, me contaba cosas y me animaba a que yo se las contara, cocinaba conmigo y hoy día veo muchas cosas de mi abuela en mí. Mi abuela vivía con nosotros, no la visitaba los domingos, sino que tenía contacto conmigo las 24 horas y por eso era muy consciente de los problemas a los que se enfrentaba mi madre en lo que respectaba a mi crianza. La suya fue una maternidad diferida muy bonita, porque la sinergia que se creó siempre fue muy natural, y siempre respetó mucho a mi madre y a su autoridad y decisiones como madre.
Estoy viviendo la otra cara de la moneda en lo que a maternidad diferida respecta. Una relación que se fuerza, decisiones paternas que no se respetan y es más, se contravienen, opiniones que no se piden y hasta "regalos" que se pretenden hacer para usar en casa de la persona que quiere ejercer esa maternidad diferida, no para el disfrute general de mi bebé, a pesar de que el regalo en cuestión le haría falta para su vida. Mi marido y yo queremos ser responsables de nuestra paternidad y maternidad respectivamente, no necesitamos esa paternidad diferida porque ya nos tenemos el uno al otro. Pero hay un empeño antinatural en que salgamos de la ecuación, en que "tenemos que buscar tiempo para nosotros, así que es mejor dejar a la niña con otras personas los fines de semana y cuanto antes mejor para que socialice". Mi niña tiene un mes, lo cumple hoy, no puede socializarse aún porque no tiene concepto de la existencia de otras personas, ¿qué clase de excusa chorra es ésa? Incluso he tenido que oír que se va a empadronar a la niña fuera de nuestra casa para que tenga la guardería donde esas personas quieren, sin respetar nuestros deseos y con todo lo que ello implica: que el médico no lo tendríamos cerca, que legalmente no viviría con sus padres, que el colegio lo tendría en otro sitio lejos de nosotros, y un largo, larguísimo etcétera.
Creo que este tipo de personas buscan llenar un vacío o solucionar un problema, o por un interés personal. Pero si existe ese vacío, creo que podría hacerse de forma más constructiva y más inclusiva, no a base de dinamitar las decisiones de los padres. Por otra parte, un bebé no es un objeto ni una mascota como para cosificarlo desde su más tierna infancia. Me parece bastante tonto forzar las cosas hasta ese punto, porque las personas somos como somos y no se quiere más a alguien por forzar una relación. Un niño no deja de ser una persona pequeñita. Es más, cuando se fuerzan las cosas, normalmente es mucho peor, y los niños se dan cuenta de eso. Por lo que he visto, rechazan ese tipo de control y ese tipo de situaciones, no son tontos.
Me parece que se están replicando conductas aprendidas y vividas, en las que el criterio de los padres no se respeta porque "no saben". La verdad, nadie nace sabiendo qué es ser padre, incluso la experiencia de cada hijo imagino que debe ser diferente porque cada bebé es diferente. En ese sentido, nadie "sabe". Nosotros no "sabremos", pero queremos aprender de nuestra hija y no queremos que eso nos lo quite quienes creen que "saben".
Estoy viviendo la otra cara de la moneda en lo que a maternidad diferida respecta. Una relación que se fuerza, decisiones paternas que no se respetan y es más, se contravienen, opiniones que no se piden y hasta "regalos" que se pretenden hacer para usar en casa de la persona que quiere ejercer esa maternidad diferida, no para el disfrute general de mi bebé, a pesar de que el regalo en cuestión le haría falta para su vida. Mi marido y yo queremos ser responsables de nuestra paternidad y maternidad respectivamente, no necesitamos esa paternidad diferida porque ya nos tenemos el uno al otro. Pero hay un empeño antinatural en que salgamos de la ecuación, en que "tenemos que buscar tiempo para nosotros, así que es mejor dejar a la niña con otras personas los fines de semana y cuanto antes mejor para que socialice". Mi niña tiene un mes, lo cumple hoy, no puede socializarse aún porque no tiene concepto de la existencia de otras personas, ¿qué clase de excusa chorra es ésa? Incluso he tenido que oír que se va a empadronar a la niña fuera de nuestra casa para que tenga la guardería donde esas personas quieren, sin respetar nuestros deseos y con todo lo que ello implica: que el médico no lo tendríamos cerca, que legalmente no viviría con sus padres, que el colegio lo tendría en otro sitio lejos de nosotros, y un largo, larguísimo etcétera.
Creo que este tipo de personas buscan llenar un vacío o solucionar un problema, o por un interés personal. Pero si existe ese vacío, creo que podría hacerse de forma más constructiva y más inclusiva, no a base de dinamitar las decisiones de los padres. Por otra parte, un bebé no es un objeto ni una mascota como para cosificarlo desde su más tierna infancia. Me parece bastante tonto forzar las cosas hasta ese punto, porque las personas somos como somos y no se quiere más a alguien por forzar una relación. Un niño no deja de ser una persona pequeñita. Es más, cuando se fuerzan las cosas, normalmente es mucho peor, y los niños se dan cuenta de eso. Por lo que he visto, rechazan ese tipo de control y ese tipo de situaciones, no son tontos.
Me parece que se están replicando conductas aprendidas y vividas, en las que el criterio de los padres no se respeta porque "no saben". La verdad, nadie nace sabiendo qué es ser padre, incluso la experiencia de cada hijo imagino que debe ser diferente porque cada bebé es diferente. En ese sentido, nadie "sabe". Nosotros no "sabremos", pero queremos aprender de nuestra hija y no queremos que eso nos lo quite quienes creen que "saben".
El enano de mi oído
El enano de mi oído me sopla intuiciones. Me dice "desconfía de x", "no me gusta y", "hay algo raro en este hecho", pero nunca me da razones, es como tener certezas que llegan por corazonadas. Entonces, cuando lo comento con gente más racional como mi Santo Varón el Sr. Darcy, siempre me dicen "pero mujer, qué razones tendrás para pensar así, anda anda". Y yo me quedo con cara de idiota porque no tengo razones (racionales) de las que tanto le gustan para apoyar lo que siento. ¿Cómo voy a tenerlas si es sólo una sensación, un sentimiento?
Días, semanas o meses después, todo empieza a encajar. Se descubre el pastel de lo que fuera porque los pasteles sociales son tan golosos que siempre hay quien tira de la manta (cuando no es el propio interesado). Es ahí cuando, tanto el Sr. Darcy como yo misma, nos sorprendemos de las intuiciones que me sopló en su día el enano de mi oído. Entonces surgen las razones, a posteriori.
Lo que extraigo de esto es que debería confiar mucho más en mi intuición, en lo que respecta a las motivaciones ajenas.
Días, semanas o meses después, todo empieza a encajar. Se descubre el pastel de lo que fuera porque los pasteles sociales son tan golosos que siempre hay quien tira de la manta (cuando no es el propio interesado). Es ahí cuando, tanto el Sr. Darcy como yo misma, nos sorprendemos de las intuiciones que me sopló en su día el enano de mi oído. Entonces surgen las razones, a posteriori.
Lo que extraigo de esto es que debería confiar mucho más en mi intuición, en lo que respecta a las motivaciones ajenas.
jueves, 7 de mayo de 2015
La Srta. Darcy se parece a...
La tía Carmen vino a verte el otro día, junto con la tía Inma y una prima de tu papá y su hijita (con la que probablemente juegues en Navidad dentro de unos años). La tía Carmen dijo que eras igual, igualita a mí. La niña más bonita con diferencia de la familia Darcy. Y aunque es verdad que te vi parecido a mí cuando naciste, sólo tenías tres días y todavía podías cambiar, así que cambiaste porque para eso eres tú misma y no yo.
Ahora que han pasado dos semanas desde tu nacimiento, tu abuelo, Darcy Senior, dice que te pareces a mi padre. Mi padre, con cierta sorna (muy típico de él), dice que no puedes parecerte a él porque tú tienes una buena mata de pelo y él está calvo. Con la de veces que ha presumido de su tupé de juventud, en fin. Mi madre insiste en que te sigues pareciendo a mí y, por ende, a ella misma, porque yo me parezco a ella. Con la de veces que ha dicho que me parezco a mi padre, en fin otra vez.
Tu otra abuela, la mamá de tu señor padre, dice que tienes sus manos. Yo lo que veo son las mías, que heredé de mi abuela por parte de padre, tu bisabuela, que es una mujer rubia de ojos azules a la que parece que no te pareces en nada. Lo que sí tienes es un pulgar muy raro que echas hacia atrás en un arco muy divertido, que vi el otro día arquear al abuelo Darcy. Pero en eso nadie le dará a los genes del pobre hombre el crédito, parece. Igual que nadie le dará el crédito a los pies de tu papá, que los tienes igualitos, hija, pero igualitos, hasta con el detalle del dedo gordo especialmente grande.
Y entre tanto parecido razonable, al final tu papá, el Sr. Darcy, y yo, llegamos a la conclusión de que te pareces a ti misma. Aunque él ahora diga que te pareces a la tía Inma, que vino a verte cuando tenías tres días. Pero es que la tía Inma se parece a tu abuelo Darcy, y tu abuelo Darcy y su señor hijo, mi esposo y tu padre, son clones. Así que al parecer te pareces a tu padre, querida hija. De tal palo, tal astilla, aunque donde aquel es rubio como rayo de sol, tú eres una astilla de pelo negro como ala de cuervo y ojos grises profundos.
Ahora que han pasado dos semanas desde tu nacimiento, tu abuelo, Darcy Senior, dice que te pareces a mi padre. Mi padre, con cierta sorna (muy típico de él), dice que no puedes parecerte a él porque tú tienes una buena mata de pelo y él está calvo. Con la de veces que ha presumido de su tupé de juventud, en fin. Mi madre insiste en que te sigues pareciendo a mí y, por ende, a ella misma, porque yo me parezco a ella. Con la de veces que ha dicho que me parezco a mi padre, en fin otra vez.
Tu otra abuela, la mamá de tu señor padre, dice que tienes sus manos. Yo lo que veo son las mías, que heredé de mi abuela por parte de padre, tu bisabuela, que es una mujer rubia de ojos azules a la que parece que no te pareces en nada. Lo que sí tienes es un pulgar muy raro que echas hacia atrás en un arco muy divertido, que vi el otro día arquear al abuelo Darcy. Pero en eso nadie le dará a los genes del pobre hombre el crédito, parece. Igual que nadie le dará el crédito a los pies de tu papá, que los tienes igualitos, hija, pero igualitos, hasta con el detalle del dedo gordo especialmente grande.
Y entre tanto parecido razonable, al final tu papá, el Sr. Darcy, y yo, llegamos a la conclusión de que te pareces a ti misma. Aunque él ahora diga que te pareces a la tía Inma, que vino a verte cuando tenías tres días. Pero es que la tía Inma se parece a tu abuelo Darcy, y tu abuelo Darcy y su señor hijo, mi esposo y tu padre, son clones. Así que al parecer te pareces a tu padre, querida hija. De tal palo, tal astilla, aunque donde aquel es rubio como rayo de sol, tú eres una astilla de pelo negro como ala de cuervo y ojos grises profundos.
jueves, 23 de abril de 2015
Dolor versus sufrimiento
Era una tarde cualquiera, parecida a las que había tenido hasta ese momento, pero empecé a notar que me encontraba diferente, que había algo raro. Me eché en el sofá a ver una serie que nunca había visto, sólo por relajarme un poco, y a ratos me quedé dormida. No pude comer mucho aquella tarde ni aquella noche, y sencillamente me dejé llevar por el vaivén de aquel movimiento, un movimiento gozoso, un dolor a ratos exquisito. Nunca había notado un dolor tan profundo ni tan claro, pero no había sufrimiento, sólo gozo.
Cuando levanté a tu papá para irnos al hospital eran las 4 y media de la mañana. Había dormitado entre contracción y contracción, me había duchado para asegurarme de que no eran de mentira, y las estaba contando con una aplicación de móvil más engorrosa que otra cosa. Ni por ésas se me habían parado. Así que nos fuimos. Pero nada más llegar al hospital sucedió lo que dicen algunos expertos en el tema: que el parto es un proceso que sufre de miedo escénico, y el hospital para tu madre es el peor de los escenarios. Así que todo empezó a hacerse irregular. Me conectaron a unos monitores para mirar tu frecuencia cardíaca en cada contracción, la gente entraba y salía. Me sentía una alien en un planeta de protocolos absurdos, con obstetras que te meten la mano y cuando te quejas porque estás sensible te dicen "no he metido la mano todavía". Me dijeron que me conectaban a otro monitor, entre explicaciones confusas sobre frecuencias, contracciones y demás. Las contracciones casi pararon. Cada vez que entraba alguien tu papá tenía que salirse, y aquello parecía más un aeropuerto que un hospital, así que estuve mucho tiempo sola. Luego me pasaron a una sala de espera. Estaba de sólo 1 cm, me iba a casa contigo todavía en mi barriga.
Pero me volvieron a llamar. Me dijeron que el segundo registro de monitores, el más largo, estaba bien, pero que en el primero estabas con un poco de taquicardia. Taquicardia las que me dais a mí, pensé, con las limpiadoras gritando mientras una está conectada a una máquina que funciona a ratos, que hay que darle para que pille la frecuencia cardíaca del bebé, dándole todo el tiempo para que el niño esté "despierto", así no me extraña que se paren las contracciones y que haya taquicardias. Nos propusieron una prueba. Conectaron otra vez los monitores e hicimos un ensayo general del parto, tú y yo, con ayuda de la química. Aguanté 40 minutos de sufrimiento (aquello sí fue sufrimiento) que tú soportaste como una campeona, es decir, bien dormida. Me entraron ganas de decir "¿Veis? Mi niña sí que es fuerte, no ha nacido y os come a todos con patatas".
Me volvieron a ver y me dijeron que todo estaba bien, y quise irme a casa. Pero me dijeron que no, que me podía poner de parto. ¿Hola? Pero si me habéis dicho que me podía ir a mi casa a dilatar tranquila en cuanto acabara la prueba. Y de nuevo, otro tacto (éste hecho con cariño por una doctora diferente, todo hay que decirlo). 2 cms y medio, seguía sin estar de parto, pero estaba dilatando y total, iba a tener que volver en media hora porque a partir de los 3 se considera progreso del proceso. "Y dilatar igual puedes dilatar aquí que en tu casa" (y un cuerno, en mi casa dilato mucho mejor con mi pelota de pilates, mis técnicas de relajación, mi serie favorita y mis gatos, y sobre todo pudiendo deambular). Al final me ingresaron, me dieron el camisón reglamentario y para dentro. Me duché, almorcé tranquilamente y entonces me relajé, libre totalmente de contracciones y charlando animada con la compañera de habitación. Quise dormir una siesta. Eran las 2 y media de la tarde, y entonces comenzó la función.
Mi cuerpo expulsó toda la mierda que le habían metido, pero le había gustado el rollo así que empezó a producir hormonas por sí solo. Llegaron los dolores, los de verdad. Dolor tras dolor, hasta me tiré al suelo, buscando una posición cómoda. Dormité entre contracción y contracción cuando pude. Estaba muy cansada. Llegó una matrona, me volvió a reconocer y me dijo las palabras que sonaron en mi mente como un coro de ángeles celestiales "4 centímetros y medio, estás de parto y vas muy rápido. A paritorio". Eran las cuatro menos cuarto de la tarde y había dilatado otros dos centímetros en una hora. Me sentí como si me hubiera montado en un tren del que ya no me podía bajar hasta el final del trayecto, y en el que todo lo que podía hacer era pasar el rato de la forma más fluida posible.
En paritorio presenté mi plan de parto, las matronas me saludaron y me presentaron. Estaba muy contenta. Me preguntaron si quería epidural y dije que no, que el dolor no es lo mismo
que el sufrimiento y que yo no estaba sufriendo, que tenía un dolor gozoso. Me trajeron óxido nitroso, pero la mejor anestesia vino en forma de mano. Tu papá, muy cerca siempre, omnipresente y casi omnipotente para aquel cerebro animal y primitivo que salía con cada contracción, era la tabla de salvación y su mano el símbolo de que todo se puede conseguir si tienes fe.
Me prepararon la bañera, pero el fantasma del sufrimiento fetal y de los monitores de las 6 de la mañana todavía planeaba por aquel paritorio. La matrona no quiso pillarse los dedos y me dijo que si no estábamos seguras de que todo iba bien no me iban a meter en la bañera. Pensé "bueno, pero tengo un parto natural que era lo que yo quería" y le contesté "en fin, somos mamíferos de tierra". Busqué una posición más cómoda, de lado, en la que soportar las contracciones, las matronas me ayudaron. Eso sí, en cada contracción tenían que clavarme más el monitor fetal, me dolía casi más que las contracciones, pero no me lo podían quitar. Quería moverme y no podía porque estaba enganchada a esa máquina endemoniada. Pero como me estaba quejando me dejaron un rato tranquila y de pronto oí un "¡plop!". "No, bebé, no hagas eso", dije, como si tuvieras la culpa, pero obviamente no lo era. Había roto aguas espontáneamente y el líquido caía a chorros por la silla de partos. Casi lloro al pensar que definitivamente iba a dejar de sentirte dentro de mí, que ya no íbamos a ser una sola persona, que aquello significaba que el final de ser una entidad estaba próximo.
Pasó algo de tiempo, yo no era consciente de cuánto (o cuán poco). Estaba de 7 cms de dilatación cuando sentí necesidad de empujar y no pregunté: lo hice. La matrona me miró extrañada y me preguntó "¿Ya tienes ganas de empujar?" Dije que sí, que me moría de ganas, que era urgente y que me aliviaba. Sabía que no estaba en dilatación completa pero que me lo pedía el cuerpo. No me pusieron pegas, me dijeron que si notaba ganas lo hiciera. A las dos contracciones me volvieron a revisar. Estaba en dilatación completa y eran las 6 menos cuarto de la tarde. Me explicaron que había cuatro planos en el expulsivo y que tú estabas en el primero, íbamos a hacer una prueba a ver la fuerza que tenía al empujar. Llegó una contracción y lo hice por probar, llegaste a posición tres. Me puse muy feliz y pensé que no era tan difícil, además empujar me aliviaba. Así que en cada contracción empujé todo lo que pude. Notaba cómo te movías en cada una de las contracciones, siempre te agradeceré cómo te adaptaste para salir de mí, lo viva que estuviste, el trabajo en equipo que hicimos, fue un placer poder notar cada uno de tus movimientos en tu camino hacia la vida.
Tres empujones más y saliste. Primero la cabeza, la recuerdo como algo fácil aunque me asustó un poco pensar en que tenías la cabeza fuera y el tronco todavía dentro, era como algo de cine gore, como tener un alien entre las piernas. Me reí ante mi propio pensamiento. También había leído que se formaba una sensación de quemazón en el expulsivo, pero yo no noté nada de eso y lo estuve asimilando durante una décima de segundo, como un "Expectativa vs realidad". No me dio más tiempo a pensar en nada, llegó otra contracción y salió el resto de tu cuerpo, primero tus hombros y tras ellos todo lo demás como un caballo desbocado, resbalando. A las seis y diez de la tarde llegaste al mundo. Te intentaron poner en mi pecho pero el cordón era muy corto, así que tuvieron que esperar un par de minutos a que dejara de latir, tu papá cortó el cordón y nada más estar conmigo te enganchaste a mi pecho. Tu papá me dio muchos besos. Me dijo que había empujado conmigo, que él había parido igual que lo había hecho yo, que había en todo esto una fuerza sobrehumana y que él había estado luchando para que yo no me cayera de la silla de partos, pero que le había costado. Me hizo reír.
Y así viniste al mundo. Fue doloroso, pero no sufrí. Fue con diferencia el dolor más gozoso de mi vida. Cuando apareciste ya no hubo más dolor, sólo una necesidad de salir corriendo, de llevarte a mi cueva y protegerte. Para mí será un honor ser tu madre y criarte. Tu llegada me ha enseñado también a valorar al pedazo de compañero de vida que elegí hace ocho años. Tu padre es un gran hombre, de verdad. Aparte de guapo. Y está loco contigo. Todos estamos locos contigo, a mí me cuesta recordar un momento en mi vida en el que fuera más feliz que ahora mismo. Así pues, así viniste, y si alguna vez me lo preguntas, así te lo explicaré. Viniste con dolor, pero no con sufrimiento, sino con gozo y con felicidad. Tu manera de venir al mundo fue mi forma de reivindicar que podemos pedir un nacimiento como queremos para nuestros hijos, pero que hay que seguir luchando por hacer valer nuestros derechos. Espero que para cuando tú seas madre, la cosa haya cambiado.
Cuando levanté a tu papá para irnos al hospital eran las 4 y media de la mañana. Había dormitado entre contracción y contracción, me había duchado para asegurarme de que no eran de mentira, y las estaba contando con una aplicación de móvil más engorrosa que otra cosa. Ni por ésas se me habían parado. Así que nos fuimos. Pero nada más llegar al hospital sucedió lo que dicen algunos expertos en el tema: que el parto es un proceso que sufre de miedo escénico, y el hospital para tu madre es el peor de los escenarios. Así que todo empezó a hacerse irregular. Me conectaron a unos monitores para mirar tu frecuencia cardíaca en cada contracción, la gente entraba y salía. Me sentía una alien en un planeta de protocolos absurdos, con obstetras que te meten la mano y cuando te quejas porque estás sensible te dicen "no he metido la mano todavía". Me dijeron que me conectaban a otro monitor, entre explicaciones confusas sobre frecuencias, contracciones y demás. Las contracciones casi pararon. Cada vez que entraba alguien tu papá tenía que salirse, y aquello parecía más un aeropuerto que un hospital, así que estuve mucho tiempo sola. Luego me pasaron a una sala de espera. Estaba de sólo 1 cm, me iba a casa contigo todavía en mi barriga.
Pero me volvieron a llamar. Me dijeron que el segundo registro de monitores, el más largo, estaba bien, pero que en el primero estabas con un poco de taquicardia. Taquicardia las que me dais a mí, pensé, con las limpiadoras gritando mientras una está conectada a una máquina que funciona a ratos, que hay que darle para que pille la frecuencia cardíaca del bebé, dándole todo el tiempo para que el niño esté "despierto", así no me extraña que se paren las contracciones y que haya taquicardias. Nos propusieron una prueba. Conectaron otra vez los monitores e hicimos un ensayo general del parto, tú y yo, con ayuda de la química. Aguanté 40 minutos de sufrimiento (aquello sí fue sufrimiento) que tú soportaste como una campeona, es decir, bien dormida. Me entraron ganas de decir "¿Veis? Mi niña sí que es fuerte, no ha nacido y os come a todos con patatas".
Me volvieron a ver y me dijeron que todo estaba bien, y quise irme a casa. Pero me dijeron que no, que me podía poner de parto. ¿Hola? Pero si me habéis dicho que me podía ir a mi casa a dilatar tranquila en cuanto acabara la prueba. Y de nuevo, otro tacto (éste hecho con cariño por una doctora diferente, todo hay que decirlo). 2 cms y medio, seguía sin estar de parto, pero estaba dilatando y total, iba a tener que volver en media hora porque a partir de los 3 se considera progreso del proceso. "Y dilatar igual puedes dilatar aquí que en tu casa" (y un cuerno, en mi casa dilato mucho mejor con mi pelota de pilates, mis técnicas de relajación, mi serie favorita y mis gatos, y sobre todo pudiendo deambular). Al final me ingresaron, me dieron el camisón reglamentario y para dentro. Me duché, almorcé tranquilamente y entonces me relajé, libre totalmente de contracciones y charlando animada con la compañera de habitación. Quise dormir una siesta. Eran las 2 y media de la tarde, y entonces comenzó la función.
Mi cuerpo expulsó toda la mierda que le habían metido, pero le había gustado el rollo así que empezó a producir hormonas por sí solo. Llegaron los dolores, los de verdad. Dolor tras dolor, hasta me tiré al suelo, buscando una posición cómoda. Dormité entre contracción y contracción cuando pude. Estaba muy cansada. Llegó una matrona, me volvió a reconocer y me dijo las palabras que sonaron en mi mente como un coro de ángeles celestiales "4 centímetros y medio, estás de parto y vas muy rápido. A paritorio". Eran las cuatro menos cuarto de la tarde y había dilatado otros dos centímetros en una hora. Me sentí como si me hubiera montado en un tren del que ya no me podía bajar hasta el final del trayecto, y en el que todo lo que podía hacer era pasar el rato de la forma más fluida posible.
En paritorio presenté mi plan de parto, las matronas me saludaron y me presentaron. Estaba muy contenta. Me preguntaron si quería epidural y dije que no, que el dolor no es lo mismo
que el sufrimiento y que yo no estaba sufriendo, que tenía un dolor gozoso. Me trajeron óxido nitroso, pero la mejor anestesia vino en forma de mano. Tu papá, muy cerca siempre, omnipresente y casi omnipotente para aquel cerebro animal y primitivo que salía con cada contracción, era la tabla de salvación y su mano el símbolo de que todo se puede conseguir si tienes fe.
Me prepararon la bañera, pero el fantasma del sufrimiento fetal y de los monitores de las 6 de la mañana todavía planeaba por aquel paritorio. La matrona no quiso pillarse los dedos y me dijo que si no estábamos seguras de que todo iba bien no me iban a meter en la bañera. Pensé "bueno, pero tengo un parto natural que era lo que yo quería" y le contesté "en fin, somos mamíferos de tierra". Busqué una posición más cómoda, de lado, en la que soportar las contracciones, las matronas me ayudaron. Eso sí, en cada contracción tenían que clavarme más el monitor fetal, me dolía casi más que las contracciones, pero no me lo podían quitar. Quería moverme y no podía porque estaba enganchada a esa máquina endemoniada. Pero como me estaba quejando me dejaron un rato tranquila y de pronto oí un "¡plop!". "No, bebé, no hagas eso", dije, como si tuvieras la culpa, pero obviamente no lo era. Había roto aguas espontáneamente y el líquido caía a chorros por la silla de partos. Casi lloro al pensar que definitivamente iba a dejar de sentirte dentro de mí, que ya no íbamos a ser una sola persona, que aquello significaba que el final de ser una entidad estaba próximo.
Pasó algo de tiempo, yo no era consciente de cuánto (o cuán poco). Estaba de 7 cms de dilatación cuando sentí necesidad de empujar y no pregunté: lo hice. La matrona me miró extrañada y me preguntó "¿Ya tienes ganas de empujar?" Dije que sí, que me moría de ganas, que era urgente y que me aliviaba. Sabía que no estaba en dilatación completa pero que me lo pedía el cuerpo. No me pusieron pegas, me dijeron que si notaba ganas lo hiciera. A las dos contracciones me volvieron a revisar. Estaba en dilatación completa y eran las 6 menos cuarto de la tarde. Me explicaron que había cuatro planos en el expulsivo y que tú estabas en el primero, íbamos a hacer una prueba a ver la fuerza que tenía al empujar. Llegó una contracción y lo hice por probar, llegaste a posición tres. Me puse muy feliz y pensé que no era tan difícil, además empujar me aliviaba. Así que en cada contracción empujé todo lo que pude. Notaba cómo te movías en cada una de las contracciones, siempre te agradeceré cómo te adaptaste para salir de mí, lo viva que estuviste, el trabajo en equipo que hicimos, fue un placer poder notar cada uno de tus movimientos en tu camino hacia la vida.
Tres empujones más y saliste. Primero la cabeza, la recuerdo como algo fácil aunque me asustó un poco pensar en que tenías la cabeza fuera y el tronco todavía dentro, era como algo de cine gore, como tener un alien entre las piernas. Me reí ante mi propio pensamiento. También había leído que se formaba una sensación de quemazón en el expulsivo, pero yo no noté nada de eso y lo estuve asimilando durante una décima de segundo, como un "Expectativa vs realidad". No me dio más tiempo a pensar en nada, llegó otra contracción y salió el resto de tu cuerpo, primero tus hombros y tras ellos todo lo demás como un caballo desbocado, resbalando. A las seis y diez de la tarde llegaste al mundo. Te intentaron poner en mi pecho pero el cordón era muy corto, así que tuvieron que esperar un par de minutos a que dejara de latir, tu papá cortó el cordón y nada más estar conmigo te enganchaste a mi pecho. Tu papá me dio muchos besos. Me dijo que había empujado conmigo, que él había parido igual que lo había hecho yo, que había en todo esto una fuerza sobrehumana y que él había estado luchando para que yo no me cayera de la silla de partos, pero que le había costado. Me hizo reír.
Y así viniste al mundo. Fue doloroso, pero no sufrí. Fue con diferencia el dolor más gozoso de mi vida. Cuando apareciste ya no hubo más dolor, sólo una necesidad de salir corriendo, de llevarte a mi cueva y protegerte. Para mí será un honor ser tu madre y criarte. Tu llegada me ha enseñado también a valorar al pedazo de compañero de vida que elegí hace ocho años. Tu padre es un gran hombre, de verdad. Aparte de guapo. Y está loco contigo. Todos estamos locos contigo, a mí me cuesta recordar un momento en mi vida en el que fuera más feliz que ahora mismo. Así pues, así viniste, y si alguna vez me lo preguntas, así te lo explicaré. Viniste con dolor, pero no con sufrimiento, sino con gozo y con felicidad. Tu manera de venir al mundo fue mi forma de reivindicar que podemos pedir un nacimiento como queremos para nuestros hijos, pero que hay que seguir luchando por hacer valer nuestros derechos. Espero que para cuando tú seas madre, la cosa haya cambiado.
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