domingo, 12 de junio de 2022

A veces, la vida se cuela por una rendija

Y te devuelve el fuego a los ojos.

Lo que era tuyo.

La ilusión, las ganas, la vida.

Aceptas que los malos momentos no son tan malos, que hay mucho en tu vida que merece la pena, pequeñas cosas, y que no es malo centrarse en ellas porque todo eso te hace crecer.

Abro los brazos y acepto la alegría.



viernes, 29 de enero de 2021

Lo que nunca me dijeron que no podía hacer

Mi infancia acabó de pleno con unas palabras que me dedicaron en una ocasión. Sentada en la cama al lado de la persona a la que más admiraba del mundo. 

A veces, las palabras hieren. A veces, las palabras marcan. Y siempre, quien las hace no piensa en qué efecto tienen en uno. Las decimos porque sí, porque ni lo pensamos en ese momento.

Cuando eres tierno y joven, las palabras duelen, y las palabras se convierten en ti mismo. En mandamientos de la persona que eres. En un decálogo de lo que siempre te dijeron que no podrías hacer.

Entonces haces lo que nunca te dijeron que no podías hacer, porque de alguna manera tienes que seguir adelante. Es una forma de decirle que se vaya al guano y de reafirmarte, porque realmente no puedes dejar que todas esas palabras te definan de por vida. Aunque no te atrevas a levantar la voz, por miedo a que te dediquen otra sarta de mentiras sobre quién eres.

En mi caso, aparte de no dejar que esas palabras penetraran hasta el mismo fondo de mi ser, tuve la suerte de tener el mejor equipo de animadores del mundo. Dos personas a las que nunca tuve que demostrar nada, que siempre estuvieron conmigo, que se empeñaron en que podía hacer lo que yo quisiera. Esas dos personas ya no están en este mundo material, pero son el motor de mi existencia, hicieron mucho por que yo esté hoy aquí. Literalmente, les debo la vida. Ellos fueron quienes sanaron el efecto que esas palabras tuvieron en una yo mucho más pequeñita, blandita y en formación.

Con su ejemplo y su recuerdo, miro a mis hijos y me doy cuenta de que todo lo que yo les diga marcará lo que ellos sean. Así que tengo que creer en ellos. Me prometo a diario que creeré que no tienen límites. Les digo que pueden hacer lo que se propongan, no importa lo adversas que sean las circunstancias.

A veces, aquellas lejanas palabras feas asoman por mi mente y me susurran al oído interior todo lo que nunca debieron decir, sencillamente porque, para algunas personas, yo fui el fracaso de sus vidas. Y el fracaso de tu fracaso, al final, es tu éxito. O eso debe pensar, no lo sé. Un día se fue porque tuve la osadía de reafirmarme, de decir que ya bastaba. De negar un improperio seguido de un abrazo, porque para decir un improperio, mejor luego no abraces. A lo hecho, pecho: las palabras han salido de tu boca. Ya no hay vuelta atrás. Asume la situación y el disgusto ajeno. Asume que has metido la pata, no te hagas la víctima. Madura.

Pero el eco queda, el eco de aquellas cosas que un día me dijeron cuando yo no levantaba dos palmos del suelo. Por mucho que me reafirme, siempre queda un resquicio por el que se cuelan. Me dicen "no eres graciosa", "eres demasiado seria", "no te veo casada", "no vales para vivir en pareja", "no se te dan bien las matemáticas".

Un buen día, mirando atrás, hacia tu pasado, en el que podría ser el año más ominoso de tu vida hasta la fecha, te encuentras repasando si todo aquello que te dijeron es verdad. Y te das cuenta de que no. De que, como te dijeron tus grandes referentes vitales, no hay nada en la vida que no puedas hacer si realmente te lo propones.

Y, a pesar de todo, la herida queda. Quiero aprender a sanarla, a perdonar y a perdonarme por la cantidad de veces que no me atreví a plantarle cara a aquella voz chillona que entonaba un "no puedes", "eres tal",  "eres cual", "no vales para pascual". Quisiera tomar mi herida y pintarla de oro, poder lucirla y decir:

"Esto también soy yo."

Y a pesar de todo, hice lo que nunca me dijeron que no podía hacer.

Gracias, abu y papá. 

Os quiero.

lunes, 25 de enero de 2021

Esta mañana llovió

Esta mañana llovió.

En realidad, me dio un poco igual en el momento, porque total, una gota más que menos, en estos tiempos de trabajar aislados unos de otros, en los que la lluvia importa nada más que para llevar a los churumbeles al cole, pues no tiene mucho sentido preocuparse porque caigan tres gotas.

Pasó el día, entre Exceles, reuniones, llamadas y risas a distancia. Cayó la noche, con sus alas negras, como si Hugin y Munnin recorrieran el cielo. Salí a la calle a tirar la basura, un acto bastante mundano, cargada con cajas de Amazon. Un signo de los tiempos extraños que vivimos.

Y solo entonces, en la oscuridad de las calles, pude apreciar la humedad y el frescor de la lluvia de la mañana.

Mis pies, calzados en zapatillas de deporte, se deslizaron por las aceras en un paseo más que necesario, vital. En mis oídos, primero la voz de una amiga que me hablaba por Whatsapp. Después, la música de alguna estrella vigente a principios de siglo. Una vuelta a aquello que me llama a mi propia esencia. Y, por un momento, vuelvo a la vida normal, real, la que había antes de la pandemia. 

Por un instante, he recordado lo que era volver a casa del trabajo andando, o del dentista, o lo que era caminar por una acera húmeda con la lluvia de la mañana. 

Y he podido apreciar las gotas que cayeron durante el día. Y la vida que llevaba antes de que todo cambiara. Qué lejano parece todo.


sábado, 20 de julio de 2019

No se puede criar así

No se puede criar a alguien que no desea ser criado, ese debería ser lo primero en ser mencionado.
No se puede criar a quien desobedece por sistema, no atiende a razones, no cumple promesas y dice que va a aprobar la asignatura para no aprobarla hasta trece convocatorias después. Quien gasta dinero, pero no aporta para las compras del día a día.
Un niño caprichoso, siempre malhumorado, que pide y nunca da.
Ausente emocionalmente, siempre inseguro, a veces extra dependiente, siempre preocupado, nunca ocupado. Que tiende a aislarse para no ver que la realidad es hermosa.
No se puede criar a un niño de cuarenta, que se cree capitán de su barco y no llega a polizón.

viernes, 4 de enero de 2019

Como un rayo

Era un ritual habitual: estar en la bañera, dejando que el agua cayera por mi pelo, se deslizara por mi cara, mojara mi cuerpo. Disfrutar del olor del jabón, de la sensación de limpieza, del calor del agua. No pensar en nada, solo estar en el momento, en el cuerpo, en el agua, con los ojos cerrados y la mente en blanco. Como una pequeña muerte con olor a fresas.

Lo que tiene vaciar tu mente cuando eres yo, es que a veces vienen otros entes a poblarla porque ven espacio de sobra para habitarla. Entonces, me golpeó, como un rayo. Chocó contra mi frente tan fuerte que, si hubiese sido Zeus, de aquel golpe habría salido Atenea, completamente armada para la batalla. 

¿Qué puedo hacer en ese caso? Pues entregarme, dejarme llevar y esperar a que la historia se escriba sola.

Trampantojos sonoros


miércoles, 26 de diciembre de 2018

La crisis de la mediana edad

Y vino, la muy hija de... su madre. A cuestionar cada una de las decisiones que tomé, a repasar cada fallo, a hacerme cargar con los esqueletos de dentro del armario.

Así que, qué remedio, me hice con una buena pala para volver a enterrar a mis cadáveres psicológicos, esperando a que hubiera muchos. En principio, debido a la cantidad de moho de los recuerdos, parecía que habría muertos desde la época romana, pero estaba equivocada. No había más que viejas cajas llenas de fotos y muchas, muchísimas decisiones acertadas.

Casi todas las decisiones malas se centraban en los últimos 8 ó 9 años, porque nadie es perfecto. Pero no puedo arrepentirme de lo hecho: en ese momento eran las mejores decisiones que podía tomar.

Al principio, volver la vista atrás era como entrar en una montaña rusa de culpabilidad. Con el paso de los meses, hacerlo resulta sanador. Hay muchas decisiones bien hechas, que simplemente pesaron con el tiempo porque el coste de oportunidad es algo que no se puede controlar. Pero no puedo negar que muchas de las decisiones que tomé fueron basadas en el respeto propio, en el establecimiento de límites. Esa Yo más joven era una chica lista, aunque se moviera por instinto.

Por lo único que siento un poco de tristeza es por no poder volver atrás y decirle lo orgullosa que estoy de ella.