Dos amigas se sientan a tomar el té. Las dos están enamoradas del mismo hombre. Una ha envenenado la taza de la otra. La víctima se da cuenta de que ha sido envenenada al primer sorbo.
Se pelean. En realidad, ambas están muertas. Y así siguen, día tras día, tras el hombre, el mismo hombre que, en realidad, las ignora.
Adoro este tipo de fábula macabra.
Hay un vacío, es un vacío oscuro y doloroso, hay un espacio profundo desprovisto de estrellas, de energía, de sol, de calor.
Hay un vacío y alrededor hay una extraña fuerza, como eléctrica, que me produce una repulsión casi irresistible. Tengo que aguantarme las náuseas, que me suben como en oleadas desde el estómago. Siento mi propia bilis.
Es un autómata de corazón y mente. Un juguete roto. El espacio dejado por una explosión termonuclear. Lleva encima el olor de un millar de cucarachas.
Voy a decir la verdad sobre lo que se siente tras volver de una baja por maternidad. Te llevas seis meses fuera y parece que todo el mundo a tu alrededor haya cambiado, y más si trabajas en una multinacional o en una consultora grande (como es mi caso). Como has estado fuera, te has quitado de en medio todas las buenas oportunidades de ascender en tu departamento, y ahora tienes al último en llegar con un salario mayor que el tuyo. No te enteras de la mitad de los estándares que han cambiado y encima (¡encima!) te toca un producto peliagudo o nuevo y ni te acuerdas de cómo era eso de liderar las reuniones.
Es verdad que ahora no tengo tantas ganas de trabajar para ascender porque el cuerpo no me da para tanto. Mi sueño laboral es una tarjeta con saldo ilimitado para la máquina de café de la oficina. Algunos viernes a las ocho de la mañana me conformaría con eso. Esta mañana me ha invitado a café el reponedor de la máquina y casi le pongo un monumento.
Es verdad que no hay igualdad, bla bla bla. Ok. Es verdad.
Pero tampoco voy a poner ninguna excusa de más.
Hoy en día, para ascender, medrar, mejorar, ganar más dinero, etc etc, es necesario invertir un poco en una misma (o uno mismo) de antemano. Las cosas no van a venir de la noche a la mañana ni el ascenso te va a estar esperando por tu cara bonita, antes, durante o después de tu baja por maternidad. Ni antes, durante o después de tus x años en tu puesto.
Así que, a pesar de que escribo esto medio frita porque duermo muy poco y me levanté esta mañana a las seis de la mañana, aquí estoy, escuchando a un tío hablar sobre una certificación que quiero para prosperar en mi trabajo. Porque sí, soy madre, y sí, tengo vagina, y sí, supuestamente tengo un techo de cristal en mi desarrollo profesional, peeero no voy a cambiar eso si no me pongo manos a la obra. Y sin excusas.
Maduraste, creciste, fuiste diferente. Me gustas más como eres ahora que como eras antes, aunque me gustabas mucho también cuando te conocí. Han pasado diez años desde aquel día de verano en el que vi tus ojos verdes por primera vez, y nueve desde que llegaste y me dijiste que estabas soltero porque lo habías dejado con tu novia y, oh casualidad, yo también había dejado a mi anterior pareja. Me gustabas, sobre todo (no voy a mentirte, creo que nunca lo he hecho) por fuera, porque por dentro no sabía qué esperar.
Yo no me gusto tanto, sobre todo por fuera. He tenido dos hijos contigo, peino algunas canas (aunque tampoco es exagerado y aún aguanto tres o cuatro meses sin tinte) y estoy considerablemente en peor forma. Cuando me miro en el espejo, veo a alguien que también se ha esforzado en madurar, que se ha dado cuenta de que algunas veces se comportó como una niña pequeña, sobre todo para lo malo. Sin embargo, por dentro es otra cosa. Por dentro, me gusta más esa persona a la que veo en el espejo, indudablemente. Como suelen decir, lo gorda o lo fea se quita, pero lo gilipollas no tiene cura. O sí. Quizá la cura se llame madurar. Todavía no lo sé.
No todo nuestro camino hasta ahora ha sido un camino de rosas. En realidad han sido diez años durísimos, de pruebas que nosotros mismos nos hemos puesto. Será eso a lo que llaman vivir. Llegamos a esta relación creyéndonos de vuelta de todo y, ay amigo, qué equivocados estábamos. La convivencia, la interferencia externa, la necesidad de aparentar, la vergüenza, la falta de confianza,un estilo comunicativo deficiente, la herencia de relaciones anteriores, y un millar de cosas más, nos han llevado hasta donde estamos porque así lo quisimos, porque nos lo buscamos. Aún me parece raro que sigamos juntos y, por qué no decirlo, mejor que el primer día. Pellízcame por si estoy soñando, pero tener una relación buena es posible después de todos los marrones por los que hemos pasado. Mi Yo de antes te habría mandado a freír espárragos. Mi Yo de ahora se siente feliz de no haberlo hecho.
Sea como fuere, gracias a ti me siento mejor persona. Gracias a ti, me gusta más por dentro esa mujer a la que miro en el espejo. Así me gustaría que fuera conforme sigamos madurando. Juntos.
Podría decir que lo nuestro fue un enamoramiento con el tiempo. De atracción mutua a realmente saber con quién se está y pasar a querer con quien estás. También pasar a quererse a uno mismo, de camino. Es algo de lo que estar agradecido.
Y no solíamos tener canción, no la buscamos, hasta que un día, simplemente y como nosotros mismos en mitad de este tándem, apareció.
He tirado trastos, he ordenado mi casa y mi vida. He dotado de significado (positivo) lo que me rodea.
He encontrado que se pueden hacer maravillas con un bote de pintura y paciencia. Se puede convertir algo horrible en algo maravilloso.
Lo que veo a mi alrededor es el resultado de todo ese amor que hemos puesto en los objetos, en sanarlos y dotarlos de significado, y me hace feliz.
Vamos, que la reforma del salón ha quedado estupenda.
Ahora que soy oficialmente una madre en tándem, me sorprende hasta qué punto puedo hacer más de una cosa a la vez con relativa eficacia. Dicen que, tras el embarazo, en el que hay un proceso raro por el cual se reducen nuestras facultades mentales, se produce lo contrario de lo ocurrido durante la gravidez. Supuestamente aumentan la inteligencia y la atención entre otras cosas.
Yo no sé si eso es cierto. Sé que puedo hacer varias cosas a la vez. Y sé que tengo que hacerlas rápido y bien para no tener que trabajar dos veces, porque es un lujo que no me puedo permitir. Ya está.
Cuando veo a alguien que se toma las cosas de manera parsimoniosa, como mi señor esposo cuando pone el lavavajillas o se pone a cocinar unas lentejas, me entra de todo. En el tiempo en el que ese potaje de lentejas hecho en la olla rápida está cocinado, yo he puesto una lavadora, he tendido la ropa, he guardado toda la ropa limpia (que no es poca, con dos críos y dos adultos), he dado la teta a los dos niños y he barrido la mitad de la casa.
No sé si coincido con los estudios, pues, en el hecho de que aumenten las facultades o que, simplemente, las mamás entramos en un estado de hiperalerta en el que todo cunde muchísimo más.
Me encantan las estancias y las vidas espartanas. La gente que no acumula, hacer limpiezas de primavera y de otoño, no apegarme demasiado a los recuerdos inútiles. Si tengo que quedarme con algo, prefiero quedarme con la pulsera de plástico que llevaron mis hijos en el hospital, a quedarme con ese pastillero horroroso que no voy a usar porque no soy muy fan de las pastillas.
Compro muchas cosas, y uso muchas cosas, pero me gusta todo lo práctico, lo sencillo y lo esencial. Amo las casas ordenadas y, aunque es difícil que permanezcan así con dos niños, un cierto orden me proporciona un poco de predictibilidad en medio del caos infantil. El yin y el yang.
Hace unos años yo era impuntual y desordenada. Creo que nunca fui ninguna de las dos cosas, en el fondo de mi ser al menos. Y creo que reaccionaba así como una especie de rebelión hacia figuras de autoridad.
Cómo cambiamos con el tiempo. Ni mejor ni peor, tan sólo a veces nos atrevemos a sacar lo que tenemos dentro. En mi caso, los años me han convertido en otra cosa, hasta cierto punto en otra persona. Y me he atrevido a sacar a esa persona ordenada, metódica, introvertida y amante de la vida tranquila que, creo, en el fondo siempre llevé dentro.