miércoles, 26 de diciembre de 2018

La crisis de la mediana edad

Y vino, la muy hija de... su madre. A cuestionar cada una de las decisiones que tomé, a repasar cada fallo, a hacerme cargar con los esqueletos de dentro del armario.

Así que, qué remedio, me hice con una buena pala para volver a enterrar a mis cadáveres psicológicos, esperando a que hubiera muchos. En principio, debido a la cantidad de moho de los recuerdos, parecía que habría muertos desde la época romana, pero estaba equivocada. No había más que viejas cajas llenas de fotos y muchas, muchísimas decisiones acertadas.

Casi todas las decisiones malas se centraban en los últimos 8 ó 9 años, porque nadie es perfecto. Pero no puedo arrepentirme de lo hecho: en ese momento eran las mejores decisiones que podía tomar.

Al principio, volver la vista atrás era como entrar en una montaña rusa de culpabilidad. Con el paso de los meses, hacerlo resulta sanador. Hay muchas decisiones bien hechas, que simplemente pesaron con el tiempo porque el coste de oportunidad es algo que no se puede controlar. Pero no puedo negar que muchas de las decisiones que tomé fueron basadas en el respeto propio, en el establecimiento de límites. Esa Yo más joven era una chica lista, aunque se moviera por instinto.

Por lo único que siento un poco de tristeza es por no poder volver atrás y decirle lo orgullosa que estoy de ella.


domingo, 18 de noviembre de 2018

Sigue soñando

Cuando era pequeña pensaba que tenía la capacidad de hacer que mis sueños se volvieran realidad. Y cuando quería algo, por grande que fuese, soñaba despierta con ello con mucha, mucha fuerza.

Ahora soy mayor y, a ratos, pienso que he perdido la capacidad de soñar. Pero entonces miro hacia atrás y recuerdo a aquella niña que soñaba despierta, y todo lo que consiguió a lo largo de estos años. Sólo veo una constante: las horas dedicadas a imaginar, a visualizar, a soñar despierta en aquello que deseaba. Hay quien llama a eso magia, hay quien lo llama visualización creativa. Yo lo llamo no vivir con los pies en el suelo, seguir soñando, imaginar cómo sería para que, cuando llegue el momento, esté preparada para tomar esa oportunidad que tanto tiempo he invertido en concebir.


miércoles, 26 de septiembre de 2018

La vida sigue ¿igual?

Me asombra la gente que dice que su vida sigue igual que hace quince años. Que tiene un coche, una casa, que vive donde vivía hace todo ese tiempo. Que tiene a sus padres vivos y sale con los mismos amigos. Que trabaja en el mismo sitio donde trabajaba.

Me parece asombroso porque mi vida ha cambiado tanto en un año que no concibo que haya gente que viva siempre igual. Y si lo miro en más retrospectiva, mi vida no es para nada la misma que hace dos, o tres, o cuatro y, desde luego, no se parece en nada a la vida que tenía hace cinco años.

Supongo que es el sino de los tiempos.

lunes, 30 de julio de 2018

Lo que nadie nos contó de Cenicienta

Lo que nadie nos contó del cuento de Cenicienta es que no era princesa. Era una huérfana, que trabajaba como sirvienta a cambio de un techo y comida. Que había estado bien relacionada, porque un hada madrina no la tiene cualquiera, eso es indudable.

Nadie nos contó que el príncipe estaba activa y desesperadamente buscando pareja, siendo el baile de la corte el equivalente al Tinder de ahora. Es decir, que el príncipe necesitaba por todos los medios una pareja, igual que Cenicienta estaba buscando un matrimonio para dejar de ser huérfana y sirvienta.

Nadie nos contó, o más bien nadie nos aclaró, que una Cenicienta maltratada por su madrastra, o que un príncipe al que se ponía mucha presión por encontrar pareja por parte de sus padres, era una persona en una situación de vulnerabilidad emocional.

Cenicienta y el príncipe se enamoran. Él, porque ella es muy bella y tiene los pies pequeños (supongo que eso debió darle mucho morbo). Ella, porque el príncipe es un príncipe y la va a salvar de su miseria, y así podrá demostrar a sus hermanastras y a su madrastra lo guay que es, y ahora tendrán que ir a palacio a dorarle la píldora.

Se casaron y comieron perdices, pero nadie nos dice qué pasa con ese matrimonio. Una muchacha huérfana que tiene que ser adoptada por la familia real, con su protocolo familiar y social. Las largas horas estudiando cómo comportarse, a quién ceder el paso, y cómo abandonar a los hijos para que los consuelen y alimenten amas de cría, porque es de la realeza abandonar la lactancia prematuramente para poder, así, dar a luz a más hijos que perpetúen la línea sucesoria.

Un muchacho con la presión de ser padre de familia y tener contentos, ya no a sí mismo, ni a sus padres, ¡a todo un Reino! ¡Pero si eso es imposible! Pues así es, señores, y para presumir hay que sufrir que me decía mi madre cuando me ponía el moño para ir a la feria. Igualito.

Vistos así Cenicienta y su príncipe, ¿quién quiere un final de cuento de hadas?

Yo propongo un juego: contemos otros cuentos, otras historias. Démosles la vuelta a los mitos y a los cuentos con los que perpetuamos la sociedad y sus esquemas. Seamos ilusamente realistas, o fantasiosamente empáticos, con los personajes de los cuentos de toda la vida, porque son las narraciones sobre las que hemos ido construyendo nuestra identidad, valores y creencias.

¿Te atreves?

domingo, 29 de julio de 2018

No me acostumbro

Aún no me acostumbro a tener razón de cuando en cuando. Incluso cuando yo veía lo que los demás no veían: la hipocresía, las ganas de malmeter, la doble moral. Aunque yo supiera que algo no estaba bien e intentara, torpemente, hacerlo saber a mi entorno.

No me acostumbré jamás a que no me hubiese superado. Es más, pensaba que estaba superado desde el minuto uno. Que yo era la que estaba mal, la que se encerraba, la que no quería saber nada del mundo, porque yo no tenía esa chispa. Porque no era capaz de arrastrar a la gente. Porque yo nunca fui la carismática del tándem. No me acostumbro a que me digan "es que él no te ha superado, nunca lo hizo".

Y de pronto, tengo que acostumbrarme a que me acepten y me valoren. A que me digan "tenías razón", a que me den una palmadita en la espalda. A los abrazos, a los besos, a los tequieros, a los "quedemos mañana".

No puedo evitar sentir cierta suspicacia hacia tanto amor gratuito, pero supongo que tendré que acostumbrarme a que me quieran un poco. Tendré que acostumbrarme a quererme un poco. Aunque esto de no acostumbrarme asuste, por si al final voy y me acostumbro.

jueves, 21 de junio de 2018

Llorar

Llorar porque no te diste la oportunidad de llorar hace mucho. Dejar que las lágrimas fluyan. 

Siempre lloro cuando ha pasado la tempestad, cuando las cosas ya se han arreglado, cuando no hay motivo para llorar, en apariencia. Siempre lloro cuando se acaba la guerra, cuando me siento en el sofá, cuando casi he conseguido lo que quería.

Es entonces cuando estalla todo, cuando caen las lágrimas y se precipitan los sentimientos.

Sienta tan bien llorar, especialmente cuando llevas tantos, tantos años aguantándote las lágrimas...

martes, 19 de junio de 2018

Miedo al cambio

36 años y, por primera vez, creo que tengo miedo al cambio. Es tan inaudito que casi no me lo creo. Ni siquiera puedo identificar el sentimiento con claridad.

Lo peor es que, si fuera miedo al cambio, es una tontería. Voy a mudarme de piso a un sitio más cómodo. Más lejos del trabajo, es cierto, pero infinitamente mejor. Una parte de mí ya estaría metiendo todo en cajas y corriendo hacia el camión de mudanzas, de hecho, en un Universo paralelo hay otra Yo metiendo todas mis pertenencias en cajas porque amo los cambios...

Pero otra se resiste. No sé si es miedo al cambio o pura vagancia.