domingo, 18 de noviembre de 2018

Sigue soñando

Cuando era pequeña pensaba que tenía la capacidad de hacer que mis sueños se volvieran realidad. Y cuando quería algo, por grande que fuese, soñaba despierta con ello con mucha, mucha fuerza.

Ahora soy mayor y, a ratos, pienso que he perdido la capacidad de soñar. Pero entonces miro hacia atrás y recuerdo a aquella niña que soñaba despierta, y todo lo que consiguió a lo largo de estos años. Sólo veo una constante: las horas dedicadas a imaginar, a visualizar, a soñar despierta en aquello que deseaba. Hay quien llama a eso magia, hay quien lo llama visualización creativa. Yo lo llamo no vivir con los pies en el suelo, seguir soñando, imaginar cómo sería para que, cuando llegue el momento, esté preparada para tomar esa oportunidad que tanto tiempo he invertido en concebir.


miércoles, 26 de septiembre de 2018

La vida sigue ¿igual?

Me asombra la gente que dice que su vida sigue igual que hace quince años. Que tiene un coche, una casa, que vive donde vivía hace todo ese tiempo. Que tiene a sus padres vivos y sale con los mismos amigos. Que trabaja en el mismo sitio donde trabajaba.

Me parece asombroso porque mi vida ha cambiado tanto en un año que no concibo que haya gente que viva siempre igual. Y si lo miro en más retrospectiva, mi vida no es para nada la misma que hace dos, o tres, o cuatro y, desde luego, no se parece en nada a la vida que tenía hace cinco años.

Supongo que es el sino de los tiempos.

lunes, 30 de julio de 2018

Lo que nadie nos contó de Cenicienta

Lo que nadie nos contó del cuento de Cenicienta es que no era princesa. Era una huérfana, que trabajaba como sirvienta a cambio de un techo y comida. Que había estado bien relacionada, porque un hada madrina no la tiene cualquiera, eso es indudable.

Nadie nos contó que el príncipe estaba activa y desesperadamente buscando pareja, siendo el baile de la corte el equivalente al Tinder de ahora. Es decir, que el príncipe necesitaba por todos los medios una pareja, igual que Cenicienta estaba buscando un matrimonio para dejar de ser huérfana y sirvienta.

Nadie nos contó, o más bien nadie nos aclaró, que una Cenicienta maltratada por su madrastra, o que un príncipe al que se ponía mucha presión por encontrar pareja por parte de sus padres, era una persona en una situación de vulnerabilidad emocional.

Cenicienta y el príncipe se enamoran. Él, porque ella es muy bella y tiene los pies pequeños (supongo que eso debió darle mucho morbo). Ella, porque el príncipe es un príncipe y la va a salvar de su miseria, y así podrá demostrar a sus hermanastras y a su madrastra lo guay que es, y ahora tendrán que ir a palacio a dorarle la píldora.

Se casaron y comieron perdices, pero nadie nos dice qué pasa con ese matrimonio. Una muchacha huérfana que tiene que ser adoptada por la familia real, con su protocolo familiar y social. Las largas horas estudiando cómo comportarse, a quién ceder el paso, y cómo abandonar a los hijos para que los consuelen y alimenten amas de cría, porque es de la realeza abandonar la lactancia prematuramente para poder, así, dar a luz a más hijos que perpetúen la línea sucesoria.

Un muchacho con la presión de ser padre de familia y tener contentos, ya no a sí mismo, ni a sus padres, ¡a todo un Reino! ¡Pero si eso es imposible! Pues así es, señores, y para presumir hay que sufrir que me decía mi madre cuando me ponía el moño para ir a la feria. Igualito.

Vistos así Cenicienta y su príncipe, ¿quién quiere un final de cuento de hadas?

Yo propongo un juego: contemos otros cuentos, otras historias. Démosles la vuelta a los mitos y a los cuentos con los que perpetuamos la sociedad y sus esquemas. Seamos ilusamente realistas, o fantasiosamente empáticos, con los personajes de los cuentos de toda la vida, porque son las narraciones sobre las que hemos ido construyendo nuestra identidad, valores y creencias.

¿Te atreves?

domingo, 29 de julio de 2018

No me acostumbro

Aún no me acostumbro a tener razón de cuando en cuando. Incluso cuando yo veía lo que los demás no veían: la hipocresía, las ganas de malmeter, la doble moral. Aunque yo supiera que algo no estaba bien e intentara, torpemente, hacerlo saber a mi entorno.

No me acostumbré jamás a que no me hubiese superado. Es más, pensaba que estaba superado desde el minuto uno. Que yo era la que estaba mal, la que se encerraba, la que no quería saber nada del mundo, porque yo no tenía esa chispa. Porque no era capaz de arrastrar a la gente. Porque yo nunca fui la carismática del tándem. No me acostumbro a que me digan "es que él no te ha superado, nunca lo hizo".

Y de pronto, tengo que acostumbrarme a que me acepten y me valoren. A que me digan "tenías razón", a que me den una palmadita en la espalda. A los abrazos, a los besos, a los tequieros, a los "quedemos mañana".

No puedo evitar sentir cierta suspicacia hacia tanto amor gratuito, pero supongo que tendré que acostumbrarme a que me quieran un poco. Tendré que acostumbrarme a quererme un poco. Aunque esto de no acostumbrarme asuste, por si al final voy y me acostumbro.

jueves, 21 de junio de 2018

Llorar

Llorar porque no te diste la oportunidad de llorar hace mucho. Dejar que las lágrimas fluyan. 

Siempre lloro cuando ha pasado la tempestad, cuando las cosas ya se han arreglado, cuando no hay motivo para llorar, en apariencia. Siempre lloro cuando se acaba la guerra, cuando me siento en el sofá, cuando casi he conseguido lo que quería.

Es entonces cuando estalla todo, cuando caen las lágrimas y se precipitan los sentimientos.

Sienta tan bien llorar, especialmente cuando llevas tantos, tantos años aguantándote las lágrimas...

martes, 19 de junio de 2018

Miedo al cambio

36 años y, por primera vez, creo que tengo miedo al cambio. Es tan inaudito que casi no me lo creo. Ni siquiera puedo identificar el sentimiento con claridad.

Lo peor es que, si fuera miedo al cambio, es una tontería. Voy a mudarme de piso a un sitio más cómodo. Más lejos del trabajo, es cierto, pero infinitamente mejor. Una parte de mí ya estaría metiendo todo en cajas y corriendo hacia el camión de mudanzas, de hecho, en un Universo paralelo hay otra Yo metiendo todas mis pertenencias en cajas porque amo los cambios...

Pero otra se resiste. No sé si es miedo al cambio o pura vagancia.

sábado, 12 de mayo de 2018

Huellas

No creo que el ser humano sea un folio en blanco cuando nace y nunca lo he creído. Creo que todos venimos con una base genética, que más o menos orienta aquello que después seremos. Pero también hay una huella, muy muy grande, que es lo que deja la educación que hemos recibido. Si nuestra madre o nuestro padre nos quisieron y nos lo demostraron, si tuvimos o no tuvimos hermanos, si experimentamos carencias económicas o materiales de alguna clase... todo eso va a influir muchísimo en quiénes seremos más adelante.

No lo digo yo y desde luego no estoy descubriendo nada que no se haya descubierto ya, sino que todo esto lo utilizo como idea de partida. En mi caso, estoy descubriendo, en lo que ya oficialmente podría considerarse como mi mediana edad, que mucho de lo que soy aparentemente, de lo que manifiesto socialmente, ha sido aprendido.  Creo, como los mitos, los psicoanalistas, Jung y un montón de gente más han manifestado en multitud de ocasiones, que hay dos yoes: mi Yo externo, aquel que exhibo en mi vida diaria y desde el cual actúo, y mi Yo interno, aquel que estoy reprimiendo porque lo llevo "de serie" pero me han dicho que está mal visto que pilote este cuerpo.

¿Cuál es cada uno en mi vida y dónde veo esas diferencias? Mi Yo interno es muy aventurero, por ejemplo, y tiene una gran necesidad de exploración. En cambio, mi Yo social es casero, maternal y algo miedoso. Esta división se ha manifestado, creo, principalmente debido a mi rol de género, impuesto por la sociedad, la educación que me han dado y un largo etcétera. Si fuera hombre, estaría muy bien visto que fuera explorador y aventurero, que no tuviera raíces, que no tuviera miedo de nada... en cambio, he tenido que acabar aprendiendo que esas características no son lo que se busca de una mujer, como yo.

¿Qué pasa cuando te das cuenta de que tu afán de perfección, tu necesidad de controlar tu entorno, tu forma de ver las cosas, son resultado de tu ambiente social y familiar, algo que no se da desde que tenías cinco años? ¿Qué pasa cuando quieres deshacerte de eso, para estar mejor contigo mismo, y te das cuenta de que no sabes cómo, porque el aprendizaje ha calado tan hondo que no puedes por ti mismo?

Supongo que entonces vas a terapia.