martes 17 de enero de 2012

Por qué no hacer las cosas por amor al arte

Estaba dejando fluir la sensación de doble pensamiento (no en el sentido orwelliano de la palabra, sino en el literal) que debe invadirme cuando ejerzo mi noble oficio, y sin querer he empezado a reflexionar sobre lo que supone trabajar gratis en mi profesión.

Hubo un tiempo en el que traduje por amor al arte. Lo hice voluntariamente para una organización religiosa. No me consideraba capacitada para traducir y por eso decidí no cobrar. Efectivamente, soy traductora pero no estudié la carrera de traducción y, por tanto, consideré que no debía meterme en un terreno demasiado profesional por una mera cuestión de decoro. Tampoco se me pidió una calidad excepcional en aquel trabajo, a pesar de lo cual intenté dar lo mejor de mí misma.

Con los años tuve acceso a las traducciones en las que había colaborado en aquella primera ocasión. Cuando leí los textos me llevé las manos a la cabeza, pero no tanto por mi trabajo (aunque era mejorable), sino por el trabajo realizado por el resto de los voluntarios que participó en la traducción del libro completo. No éramos profesionales, de acuerdo. Pero no porque algo sea voluntario y se haga gratis debe ser de peor calidad.

Entiendo a los compañeros que trabajaron en los otros capítulos del volumen en el que me estrené como traductora. No cobrábamos, con lo cual no podían pedirnos grandes cosas. He ahí el primer error: la gente que lo hace voluntariamente no suele entenderlo, pero si te comprometes a traducir algo, cobrando o no, el esfuerzo debe hacerse de igual forma. ¿De qué sirve tener una traducción a medias? Para eso utilizas el google translator.

Opino que en nuestro trabajo siempre hay que cobrar. Es más, opino que hay que cobrar a precio de mercado. Nada de precios simbólicos: si estás trabajando, estás trabajando de verdad. ¿Por qué digo esto? Pues porque la calidad de aquellas traducciones nefastas era tan terrible que ni siquiera a día de hoy (casi 8 años después) la organización para la que trabajamos voluntariamente ha decidido publicar las traducciones. No pagó por el trabajo, luego no obtuvo la calidad que tenía que obtener. Y nosotros no cobramos: algunos trabajamos como si no hubiera mañana, mientras que otros hicieron una verdadera chapuza. Al final, trabajamos por amor al arte y ni siquiera hemos podido colaborar de forma activa con lo que se suponía que teníamos que hacer. En conclusión, un cliente que no paga es un cliente que tiene todas las papeletas de quedar insatisfecho por la desidia de alguno de los voluntarios, como es el caso que pongo de ejemplo.

Cobrar es una motivación para el traductor (de hecho, como profesional, es mi principal motivación, si bien es cierto que me encanta traducir), pues te motiva principalmente a buscar la excelencia y la calidad. Si estás empezando, cobra, no importa lo novato que seas. Si te da apuro cobrarle a alguien por lo que sea (porque el texto sea corto, porque sea un amigo...), que te paguen con trueques (por ejemplo clases de violín) o en especie (me han llegado a pagar con ropa), pero que se vea que tu trabajo cuesta esfuerzo, cuesta tiempo, y el tiempo es dinero. Fuera de los círculos de confianza, siempre con dinero. Haz valer tu labor de traductor, o de pintor, o de enfoscador de paredes. ¡Que no se vive del aire!