Yo era una oruguita, una pequeña y tímida oruga que miraba a las mariposas volar. Me arrastraba por las ramas de las plantas y miraba al cielo, viendo cómo daban piruetas y lucían sus colores al sol mis hermanas. Era feliz siendo oruga porque tomaba el sol y me balanceaba en las hojas como si de una hamaca se tratase, pero me preguntaba qué se sentiría al volar, al poder viajar más rápido de lo que nunca había viajado, al saber qué hay más allá de las flores del patio.
Un día, alcé la voz y le pregunté a una mariposa dorada qué tenía que hacer para volar. "No hace falta más que extender las alas", me dijo. Lo intenté, pero yo no tenía alas, así que me estrellé contra el suelo, ¡qué mala suerte! De haber tenido huesos, me los habría roto todos, seguro. Pero yo era una oruguita, así que no tenía huesos y aunque me hice daño, volví a reptar por mi ramita hasta una hojita en la que descansar.
Me estaba recuperando del susto, cuando vi en una rama cercana a otra oruguita que parecía muy atareada. "Hola", le dije. "Hola", respondió. "¿Qué haces?", le pregunté. "Tejer", me contestó. "Estás muy sola, ¿quieres que te haga compañía?", le pregunté. "Gracias", me dijo la otra oruguita, "normalmente estoy solita con mi tarea, porque las otras orugas piensan que soy rara porque me paso el día tejiendo en vez de ver volar a las mariposas, pero a mí no me importa. Sólo quiero terminar mi tarea y así seré como las mariposas." Estaba tejiendo con dos agujitas de hacer punto, y contaba los puntos que daba, adelante y atrás, adelante y atrás. No había nada que la distrajera de su tarea.
Así que cogí yo también dos agujas y me puse a tejer. Tejí noche y día, tejí con sol y con lluvia. Ya no importaban las mariposas y sus cabriolas, sólo la tarea. Tejí en verano y en otoño tejí. Y en invierno, cuando las noches se hicieron frías y el fino rocío se heló en las hojas, me eché la manta hecha por mí por encima y me quedé dormida.
Desperté sudando. ¡Qué calor! Me quité como pude el tejido tan calentito que me había hecho, y me di cuenta de que había dormido todo el invierno. ¡Qué tarde es!, me dije. Y cuando fui a reptar para comerme un par de hojas, me di cuenta de que podía volar.
Volaba, y sentía la brisa en la cara, y en las alas, y en el cuerpo. Y el mundo me parecía vasto, y hermoso, y la luz era deslumbrante. Y abajo, un montón de oruguitas miraban mis cabriolas, y eran felices, pero hubo una que me preguntó con curiosidad qué había que hacer para volar, y entonces yo le dije lo que nunca me habían dicho a mí: que para poder volar hay que tejer primero.
Iniciarse no es meterse en la crisálida, sino tejerla.
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