No me gustaba la Navidad porque era una fiesta cristiana y yo no soy cristiana. Tampoco me gustaba San Valentín porque el amor es una patraña creada por la sociedad para hacernos sentir menos solos y para que consumamos. Tampoco me gustaba ir a bodas, ni a bautizos, ni a comuniones. Las reuniones sociales me daban urticaria y las familiares todavía más. Pensaba que ser honesta era sinónimo de ser borde. Estaba permanentemente enfadada con el mundo, con la gente, por no encontrar mi sitio dentro de él.
Vivimos en sociedad porque somos humanos. Seguimos unas reglas porque nos las imponemos por convención social. El amor romántico es así porque así lo hemos creado, los funerales, los buenos modales y las cosas que tanto odiaba forman parte de ese sistema. Siempre fui una inadaptada. Pero creo que hay dos tipos de actitud ante la falta de adaptación: la de los que se creen superiores a toda una sociedad (actitud que puede rozar la megalomanía en casos extremos) y la de los que se victimizan y se enfadan con el mundo. Yo era del grupo de los últimos.
Seamos serios, ser una víctima del sistema es muy cómodo. Te quejas, nadie te hace caso, y como nadie te hace caso te quejas más. Es una espiral, y es divertido. Hasta que creces. Hasta que te das cuenta de que no es práctico, y de que la adolescencia es una cosa que quedó atrás en tu vida, en días en los que no era necesario trabajar para mantener a tu familia y ahorrar para las vacas flacas. Porque si hay algo de lo que ningún inadaptado social puede escapar es del control del dichoso dinero, y claro, para conseguir dinero muchas veces hay que intentar adaptarse.
Es entonces, cuando intentas ver cómo se adaptan los demás y te paras a escucharles, cuando te das cuenta de que en realidad nadie se adapta del todo.
Y es entonces cuando te reconcilias con el sistema porque dejas de ser "especial", y de pronto ser una víctima de todo este tinglado deja de tener sentido. El sistema pasa a ser como un viejo amigo: le conoces desde siempre, ha crecido y cambiado contigo por acción de otra gente, y ha influido en muchas otras personas. Está vivo, es cambiante y dinámico. Pero ya no necesitas luchar una gran batalla, tan sólo necesitas darle dos toques. Claro que necesitas cambiarlo, es como cuando le dices a un amigo, uno de los buenos, que necesita darle un giro a su vida. Pero ya no te sientes amenazado, tu identidad no es el primer problema en la lista de todos tus males. Sabes quién eres y no necesitas aceptación. Y entonces, te ríes, disfrutas de la vida. Y te adaptas. Y luchas contra el sistema con las herramientas del sistema, te sientes mejor y no necesitas ir pregonando a los cuatro vientos lo especial que eres porque no te gusta la Navidad*.
Y de pronto, no raideas el día de San Valentín porque prefieres pasarlo comiendo bombones en la cama con la persona a la que amas. O decoras con mucha ilusión el árbol de "Yulidad" (Yule/Navidad), las fiestas te parecen magníficas y disfrutas del poquito tiempo que tienes para estar con los tuyos. Y tomar un café o unas tapas con alguien pasa de ser "lo que hacían los pijos de mi oficina" a ser algo bueno, normal e incluso necesario para desestresarse. Y el trabajo se convierte en un reto constante que puedes disfrutar si esto de los retos es algo que vaya contigo. Hasta te ves un partido de fútbol con la excusa de que el Granada ha subido a primera, con tu cocacola y tu tapa, en el bar de la esquina.
Siempre me pregunté qué veía la gente de especial en la Navidad, en las vacaciones de verano, en el "pan y circo". Es cierto que atontan, es cierto que engordan, y es cierto que son un arma de control a veces, pero sólo si nos dejamos. También es cierto que son una excusa para disfrutar de las pequeñeces de la vida, de esas cosas que damos por hecho y que también es necesario celebrar. Por algo los que quedamos vivos necesitamos los funerales, para celebrar la vida. Es muy fácil ir de víctima, igual que es muy fácil verse ahogado por esta vorágine de datos, de optimismos, de pesimismos y de múltiples realidades... lo difícil es disfrutar sanamente de los momentos que merecen ser disfrutados. A veces, a muchos se nos olvida disfrutar. Creo que requiere el equilibrio de sentirse reconciliado con el mundo y con la especie humana. Espero disfrutar de este sentimiento mucho tiempo.
(*) Los gustos son personales, pero en todos estos años de vida adulta he visto demasiadas personas que dicen que no les gusta la Navidad por sentirse especiales. Entre ellas me encontraba yo. Me refiero a este tipo de personas concretamente.
Empecé buscando la piedra filosofal. Tuve buenos compañeros de viaje, recorrí caminos y disfruté con ellos. Ésa era la piedra.
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