Cuando era pequeña y llegaba el mes de noviembre había algo que me empujaba a anhelar la Navidad. No era por los Reyes Magos, ni por los regalos. Sencillamente era por una curiosa relación que establecí desde que fui muy pequeña. El frío siempre ha tenido olor a mazapán y a bolitas de coco en mi cabeza, así que cuando bajaba la temperatura me encontraba anhelando villancicos, turrones y luces de colores. Así de simple era la relación.
Con los años me volví un poco Grinch, entre otras cosas porque varias personas se fueron y porque otras siguieron pero como si no estuvieran. En todos lados cuecen habas, dicen, y en mi casa se cocían a montones. Luego vinieron las relaciones fallidas, las actitudes de victimismo y las vidas rotas. Y es que el cuerpo no siempre está para fiestas, y ya conté que algunas veces prefería llorar en vez de sencillamente disfrutar. ¡Qué amargamiento y qué difícil resultaba! La vida es más sencilla cuando sonríes y disfrutas.
Ahora estoy lejos de casa, se supone, porque entiendo que aunque echo de menos a la gente y ya no puedo decir que vuelva a ver a la familia como solía hacerlo antes (y a veces me muero de ganas) también entiendo que ésta es mi casa ahora. Y ésta es mi Navidad ahora. Me gustaría tener cerca a la gente a la que antes tenía cerca, y que sigue estando ahí a un telefonazo, o poder recorrer las calles de mi infancia y ver las luces, pero luego cojo el teléfono y me doy cuenta de que detrás de toda esa fachada de alumbrado festivo siguen existiendo muchas heridas que no se han curado, y que hay gente incapaz de hacer lo que ahora intento hacer: sonreír y disfrutar.
Pero desde que estoy lejos eso ha cambiado, y por eso esta Nochebuena ha sido la mejor que recuerdo desde que era una adolescente. ¡Qué digo! Creo que ha sido la mejor de toda mi vida. Éramos los justos, no eran esas grandes comilonas que acababan en un tío borracho diciendo estupideces que recuerdo de cuando era pequeña (recuerdo esas borracheras de siempre el mismo tío abuelo con una mezcla de sorpresa y vergüenza ajena, aunque las comilonas de mi abuela siempre fueron la bomba), sino una de esas comidas en familia en la que se dicen cosas graciosas y uno se ríe por la primera tontería que se le pasa por la cabeza. No ha habido grandes cantidades de regalos, pero estábamos los que teníamos que estar y eso ya es el mejor regalo. Así que, de vuelta a casa, en el coche, me he sorprendido a mí misma llorando de emoción ante una versión country de "O Holy Night". Quién lo hubiera dicho. Nunca me había emocionado con un simple villancico.
Hace unas cuantas Navidades que no hay olor a mazapán en el salón de mi infancia, ni árboles de Navidad con luces de colores, y hace unas cuantas Navidades que pasé del metro cuarenta (aunque no seguí creciendo mucho después de eso), pero estoy feliz de que el destino, alguna fuerza divina, yo misma, o todo a la vez, me haya traído donde me ha traído, y de que la vida me premie de esta forma y con el mejor premio: la buena compañía.
A quien quiera que corresponda esto, gracias. Muchas gracias. De verdad.
Con amor,
Clara
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