miércoles 5 de octubre de 2011

En ocasiones oigo violines

Me llegó un día mi marido y me soltó:

"Cariño, tengo 30 años y la ilusión de mi vida siempre fue tener un violín".

Era su cumpleaños en menos de un mes. Él, con su sonrisa irresistible de Libra y sus ojazos verdes y brillantes, y esa barba rubia descuidada, y ese cuerpazo que gasta, y esos chistes que cuenta, y esa labia que tiene... no lo pude resistir.

Total, que me lancé. Le compré el violín.

La cara de ilusión al verlo sólo fue comparable a la que pondría nuestro gato pequeño al encontrarse una caja de cartón vacía. Y digo la pondría, porque los gatos facialmente no es que tengan mucha expresión. Al menos, no tienen una expresión humana.

El violín lleva con nosotros algo más de 24 horas. Ya ha sido afinado, desafinado, vuelto a afinar, tocado, pellizcado, aporreado, y, milagrosamente según dicen los expertos, mi cónyuge saca sonido de él. Sonido escuchable. Bromeo con él y le digo que quizá fuera violinista en otra vida. Él se ríe, a pesar de que tiene agujetas en el antebrazo por la falta de costumbre de la postura. Igual que yo las tuve en el diafragma cuando empezaba a tocar el tin whistle.

Llevo 24 horas de violines constantes: vídeos de violines, música de violines, The Minstrel Boy en versión violín, mástiles, arcos y resinas para arcos. Contraataco con un poco de vídeos de tin whistle, música celta para tin whistle, The Minstrel Boy para tin whistle, unas cuantas escalas en Re y en Do, con sus rolls y sus cuts. Vamos, el arsenal básico del flautista medio. Pero si algo tiene mi marido (y ya lo demostró hace cuatro años y medio cuando empezaba a ligar conmigo día a día aprovechando el descanso del trabajo) es que es totalmente inmune al desaliento. No le importa que las paredes vibren con ese Do que le saco a mi Clarke's intentando hacerle competencia sonora, él sigue adelante sin descanso. Hasta que le entra tortícolis y le fallan los tensores de la mano.

No sé si sobreviviré a la sobredosis de violines, pero creo que me lo he buscado. Al fin y al cabo, él lleva años de sobredosis de whistles, y jamás se ha quejado. Llevo años hablándole de tonguing, rolls y jigs, y jamás ha dicho nada. Al contrario, siempre he contado con su apoyo incondicional. Así que le voy a dejar que sueñe, que ensaye y que haga escalas... y a lo mejor, quién sabe, acabamos tocando The Minstrel Boy a dúo, y así él cumple su sueño de tocar el violín. Nadie sabe de lo que es capaz alguien cuando tiene verdadera ilusión. Como dirían en el anuncio de Aquarius, el ser humano es impredecible.