martes 11 de octubre de 2011

De libros en desvanes

No me gustan los desvanes, los altillos, y en general esas pequeñas habitaciones en las que se dejan cosas viejas. Sin embargo, vivimos en una sociedad consumista y tendemos a comprar cosas que no nos sirven para acabar acumulándolas en algún desván. Y ellas, a su vez, acumulan polvo.

El olor del polvo me molesta, y no porque sea alérgica a él, que no lo soy. Es porque normalmente va asociado a un olor húmedo y bastante rancio, sobre todo si son libros. Y yo tengo muchos libros en el desván de casa de mi abuela. También tengo muchos libros en casa, pero ésos no acumulan polvo porque están aireados en una estantería. Los que tengo en casa cogen polvo, por supuesto, pero entre que limpio y entre que la casa se airea, el olor no es tan fuerte ni la cantidad de polvo tan grande como los de los libros que se guardan en cajas para ser examinados años después.

La pena más grande, y por lo que no me gustan los desvanes, es porque ningún libro merece acabar en él. Acabar criando polvo y moho en un sitio de olor rancio, expuesto a la inclemencia del tiempo, es algo verdaderamente triste. No para el libro, que ni siente ni padece, sino para el autor, el editor, el maquetador, y, sobre todo, el lector, tanto el que lo ha leído como el posible lector. Los libros de mi desván son libros a los que les tengo cariño, he aprendido con ellos, y ahora son sólo objetos que acumulan polvo en el fondo de una caja. Un triste final para un objeto que me gusta tanto, pero un reflejo fiel de lo que somos: consumismo y, al final, polvo.