viernes 8 de agosto de 2008

Historia de Astrea

- Y yo, la dama Astrea, declaro que la justicia reinará en el universo.

Todos los pequeños muñequitos vitorearon a la Dama. Mientras tanto, Prometeo, que se encontraba en las inmediaciones del lugar, observaba la proclama de su prima. Estaba orgulloso de aquellos muñequitos de barro que había hecho con sus propias manos, de haber construido en el jardín de casa una obra verdaderamente titánica para un niño, y de haberles hecho hasta pequeñas chozas iluminadas con fuego de papel y bombillas.

La paz se vio interrumpida cuando Zeus entró en el jardín.

- Qué tal, he venido a jugar - dijo Zeus.
- Sabes que no nos caes bien, pero mi madre insiste en que juegue contigo - dijo Astrea.

Cuando Zeus vio la monumental miniciudad, sintió una punzada de envidia.

- Yo también he traído mis propios juguetes - dijo.

Sacó a trompicones de su mochila un ejército griego, completamente equipado. Al caer de la mochila, muchos de los muñecos cayeron estrepitosamente sobre la ciudad de Astrea y Prometeo, rompiendo brazos y cabezas de los muñecos de barro, que no estaban bien cocidos. Algunos de los muñecos de barro, no obstante, mancharon al pulcro ejército griego con sus lanzas y sus cascos relucientes.

- ¡Serás hijoputa! ¡Mierda de muñecos! - dijo Zeus - ¡Estos muñecos valen una pasta! ¿Qué le voy a decir a mi padre cuando vea cómo han quedado por tu mierda de poblacho?

- La culpa ha sido tuya, me lo has roto todo - contestó Prometeo.

- Cállate, caraculo.

- ¡Alto! - gritó Astrea cuando vio que su primo iba a partirle la cara a Zeus.

- ¡Prometeo! - gritó Jápeto desde el otro lado de la valla - ¡Ven aquí ahora mismo!

Zeus sabía que a Jápeto no le gustaba que su hijo utilizara la violencia, así que se imaginó que iban a darle un castigo ejemplar. Miró a Astrea, tentado de hacerle lo mismo, pero era demasiado fácil hacer llorar a una niña, así que se volvió hacia ella, sabiendo que ella aceptaría con tal de no dañar su querida obra, y le dijo:

- De acuerdo, vamos a jugar.

Sacó de su mochila un dinosaurio gigante al que Zeus llamaba Pandora.

- Yo atacaré el poblado de tus muñecos y de los míos ahora, pues los han conquistado. Defenderás el poblado del ataque de Pandora.

Astrea le miró fríamente.

- No quiero jugar a eso.

- Oh, la señorita quiere jugar a juegos de chicas.

- Está bien, lo haré.

Pandora se arrojó sobre el ejército griego y sobre los muñecos de barro. El poblado quedó totalmente destrozado, Astrea con lágrimas en los ojos. Dieron las diez y Zeus dijo que se marchaba a casa.

Por todos lados había cadáveres. El reluciente ejército griego que "costaba una pasta" desmembrado también. Astrea sabía bien que el padre de Zeus, un padre ausente y maltratador, no escatimaba en regalos cuando se sentía culpable.

Así que, mientras todos los niños se iban a dormir en aquella estrellada noche de verano, Astrea siguió recomponiendo la pequeña ciudad de barro. Pero además, plantó semillas, cuidó de los pequeños seres humanos que Prometeo, ahora castigado en su habitación, había creado. Y de nuevo, antes de irse a su casa a dormir, fue la dama Astrea, que enseñó a los humanos la agricultura, y que, como la esperanza, fue la última en perderse.