Sus padres eran desconocidos, podrían haber sido cualquier hijo de vecino que se enamora, se casa, tiene un hijo y lo pierde todo. Le pusieron Aurelio y el niño parecía responder a su nombre con su pelo de oro, peinado y ordenado, que caía liso sobre su frente. Era un niño que hablaba como aquellos infantes a los que ha llamado la muerte, grave, serio, con contundencia en las palabras, aunque al mirarlo a los ojos siguiera siendo un niño dulce y rubio, que se hundía en los brazos de su madre cuando tenía sueño o miedo.
Aurelio hoy tenía un partido de fútbol al que has asistido como juez de línea. El premio no era la típica copa de los grandes espectáculos televisivos, ni era la FIFA era la organizadora. Resultaba ser uno de los principales hobbies de Satán: jugarse almas de inocentes a los chinos, al póker, o en tanda de penalties. Sus padres y tú, jueces de línea incapaces de ser subjetivos con el niño, pero que pueden (y deben tolerar) las rocambolescas peticiones del príncipe de las tinieblas. Los padres, también residentes en el infierno, sólo ansiaban que el alma de su hijo fuera a un lugar mejor, aunque significara el perderle para siempre. Y tú: un durmiente en el mundo de los vivos que ha sido convocado para asistir como testigo, desconoces por quién.
El ganador debía anotar al menos dos goles de tres. Si se ganaba, el alma seguía siendo dueña de quien era en origen. Si se empataba o se perdía, el alma era para el diablo que la sometería a una eternidad de tormentos. Aurelio utiliza su agilidad infantil para anotar el primer gol, pese a que el diablo le pone difícil el marcar ese primer tanto acortando el tamaño de la portería.
El diablo anota el segundo, chutando un gol espectacular que derriba la portería. El árbitro, en el que caes de pronto y que es un hombre delgado y pálido, pita indicando que mientras se arregla todos irán a sus respectivos vestuarios. Aurelio sale en brazos de su madre y preparamos lo que, por petición del señor Satán, será la pelota: una bolsa de plástico que contiene una lata de refresco. A cambio de esta extraña petición, Satanás se compromete a dejar el tamaño de la portería tranquilo.
Aurelio sabe que va a marcar, lo afirma con una seguridad que asusta mientras se toma un biberón lleno de zumo de naranja. "Qué pequeño debe ser para beber en biberón", piensas. Su madre llora, llora mucho porque ya nunca será de ella, y se lo come a besos. Tú lloras. Aurelio, por qué tuviste que morir, piensas. Un niño tan pequeño jugando por su alma, casi te rompe el corazón.
"Ya es suficiente", dice Morfeo.
Y despiertas.
Si es la primera vez que has ido a uno de estos partidos del diablo para hacer de árbitro, sabrás que despiertas llorando tanto si el alma ha sido condenada como si no. Sabrás que tienes la sensación de que todos los durmientes que en ese momento han despertado lloran contigo, y sabrás por qué, durante toda la historia de la Humanidad, siempre hay quien piensa que hay vida más allá de la muerte.
Sólo es un sueño. Si es verdad o no, sólo Morfeo lo sabe. Pero tienes la certeza, de alguna forma, de que Aurelio ha ganado su partido.
martes 8 de julio de 2008
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