Había una vez un niño muy pobre muy pobre, cuya familia era más pobre todavía. Como eran tan pobres, la madre decidió dejar al padre y éste, al verse incapaz de cuidar a los hijos, los abandonó a su suerte. El niño pobre, que era el más pequeño, fue cuidado en sus primeros años por su hermana mayor, pero como eran tan pobres las cosas no les iban muy bien que digamos. Y es que los ricos y poderosos se aprovechaban de los pobres, aunque creemos que es algo de nuestra época.
El niño pobre era diferente de sus hermanos, pálido y esbelto, en la aldea murmuraban que era hijo de la gentecilla del bosque, los que rondaban entre los montecillos y los árboles. ¡Cómo podía ser de otra forma, cuando sus hermanos eran morenos, tostados por el sol, mientras él parecía estar más pálido con los años! Ésa, además, era la explicación de que la familia fuera tan pobre, probablemente estuvieran malditos por tener una criatura así en su seno.
¡Pero ahí no quedaba todo! La aldea parecía estar cada día más pobre, las cosechas no rendían todo lo necesario, y ya se hablaba de la maldición de las hadas, que cambiaban a sus hijos por los hijos de los aldeanos para acabar con el hombre, y para que el bosque volviera a resurgir sobre los extensos pastos de aquel valle. Y el niño pobre era uno de ellos, un infiltrado de las hadas malignas que deseaban que todo fuera mal para la aldea de los humanos.
Los hermanos, aunque querían al pequeño niño pobre, consideraron que los aldeanos tenían razón, pues la presión de sus amigos y de los hombres de la iglesia fue demasiado, y le encadenaron para que no pudiera escapar de su ajusticiamiento por sus pecados. Desesperado porque veía llegar su final siendo tan sólo un niño, lloró en silencio y esperó su muerte, que vendría con los primeros rayos del sol.
A la mañana siguiente, cuando la gente de bien había preparado la pira donde quemarían el cuerpecito, fueron a por el niño. Pero ya no estaba. Los grilletes que sujetaban sus manos estaban simplemente abiertos, no forzados, y no había resto alguno de su presencia. Era como si nunca hubiera existido. Los aldeanos lo buscaron, porque aún necesitaban alguien a quien culpar de su desgracia, y los hermanos, que estaban temerosos de la masa, deseaban encontrarlo porque, de otra forma, el pueblo entero la tomaría con la familia y probablemente ellos fueran los ejecutados en su lugar.
Nadie volvió a encontrar al niño y durante mucho tiempo se habló de las hadas que cambian a sus hijos por los bebés humanos, que viven en el bosque y en los montes, y que velan por los árboles. Los hermanos fueron quemados en su lugar, pero la cosecha no prosperó. La aldea fue abandonada. Y sólo queda cerca de aquel lugar un anacoreta que no habla, que vive en el monte donde se supone que viven las hadas, y que aún lleva en las muñecas las marcas de unos grilletes que jamás supo quién le quitó.
jueves 22 de mayo de 2008
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2 comentarios:
es muy triste pero bonito eh!
:'(
Jooo, sí que es triste :(
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